Cuarentena en Irak: «Me da más miedo ser mujer, que tener coronavirus»

Relato de una trabajadora humanitaria, obligada por militares, que hizo la cuarentena en Irak, donde pasó noches sin dormir por temor a que le sucediera lo peor. Días en un motel sucio, sin luz, sin información y con temor a ser secuestrada. Durmió con un cuchillo bajo la almohada para sentirse más segura.


—Era de noche. Dos hombres me llevaron por un túnel largo y oscuro hasta llegar a la habitación del motel. Tuve miedo y pensé que cualquier cosa podía pasarme. No había donde escapar. Golpearon la puerta y una mujer musulmana extranjera, totalmente cubierta, salió y empezó a gritarles a los hombres. Ellos respondieron empujándola hacia afuera y gritándole: no queremos tus sucios gérmenes en nuestro país. No pude contenerme y me largué a llorar.

Foto: Eric Itin

Vera es de Albania, un pequeño país europeo cercano a Grecia, pero vive y trabaja en Irak. Ella había ido a visitar a su familia y se encontraba volviendo a su lugar de trabajo, el segundo viernes de marzo. Pero los oficiales iraquíes tenían otros planes en mente.

¿Qué sucede en Albania?

 Albania es uno de los países mas pobres de Europa. El pequeño país se encontraba trabajando en la reconstrucción de hogares para 17,000 personas afectadas por el último terremoto que sufrieron en noviembre, cuando el Covid golpeó la puerta. Su vecino rico y principal influente, Italia, ya era señalado por el mundo como el país mas afectado y principal amenaza. La discriminación contra italianos empezó a ser moneda corriente en Europa, pero no en Albania. La decisión del gobierno fue clara: blindar el país, pero también ayudar a sus vecinos. Es así que un grupo de médicos y enfermeros albanos volaron el último 28 de marzo con destino Milán, en un acto de solidaridad y amistad. Esa es Albania. Vera había ido a visitar a su familia y estaba de regreso a Mósul[EI2] , donde vive, pero antes debía pasar por Erbil, donde ya se hablaba de inminentes medidas de protección y cierre de aeropuertos, pero nada concreto. La cuarentena obligatoria para viajeros se decidió mientras Vera volaba hacia allí.

Pero, ¿qué saben en Irak de Albania? Vera llegó al aeropuerto kurdo sin conocimiento de la nueva medida. Sin entender porqué las autoridades aeroportuarias trataban a los arribados de esa manera. En su bolso, tenía un análisis de sangre recién hecho (su hermana médica le había recomendado hacer) que declaraba que estaba limpia del virus. Pensó que eso podría ayudarla a no ser detenida, pero no alcanzó…

Foto: Eric Itin

—Al llegar a Erbil en Irak vi como ciertos empleados de la ONU presentaban sus análisis de sangre y pasaban sin problema los controles. Me acordé que yo también tenía uno y lo saqué. Lo mostré junto con mi identificación de trabajadora humanitaria. Intentaron encontrar mi país en una lista infinita, pero no lo encontraban. Un oficial intentó dejarme pasar, pero otros repetían que yo no era ni diplomática ni de la ONU. Finalmente me pusieron a un costado con los rechazados. Éramos unas 25 personas y solo 3 mujeres. Les pregunté repetidas veces a los oficiales cuál era la diferencia entre los diplomáticos, personal de la ONU y nosotros, siendo que todos viajamos en el mismo avión y estuvimos expuestos a lo mismo. Pero no hubo respuestas.

Irak intensificó las medidas

En las últimas semanas, Irak intensificó las medidas de prevención, incluyendo el cierre de aeropuertos. La razón dada puertas adentro fue la necesidad de reducir el riesgo de contagio, pero lo que nadie dijo desde el gobierno es que el cierre de todas las fronteras también obedecía a otra razón: el riesgo inmediato de un colapso total del sistema. Falta de espacios para mantener individuos en cuarentena y falta de recursos para tratarlos en hospitales de ser necesario.

La policía nos llevó a un motel que usan para tener gente en cuarentena. No era un hotel como nos decían, era un motel. Yo venía libre del virus y la idea de que me encerraran ahí me asustaba. Pero no solamente porque el virus parecía estar esperándonos a todos ahí sino porque el lugar se veía como aquellos que usan en Albania para prostituir chicas.

Foto: Eric Itin

Vera me sigue contando cuando de repente la interrumpo. Me incomoda no saber todavía por qué decidió volver a Irak. En estos días, muchos trabajadores humanitarios y diplomáticos en Irak recibieron la oferta de retirarse de su puesto de trabajo, de repatriarlos. Algunas embajadas, como la canadiense y la británica incluso, contrataron vuelos especiales “de evacuación” para repatriar a aquellos que desearan volver. Precios astronómicos, pero una opción concreta de poder ir hacia una tierra mejor. ¿Mejor?

Nunca pensé que quedarme en Albania fuera una opción. Vine a Mosul porque quería utilizar mi profesión para ayudar a gente que la está pasando mal. Siempre supe que trabajar y vivir acá incluiría estar expuesta a ciertos riesgos, incluso la muerte. Esto es Irak. Mi disposición a sacrificar lo que se necesite para ayudar a su gente no iba ni va a cambiar por un virus o una complicación con vuelos y papeles.

Tanta determinación contrasta brutalmente con la calidez y sonrisa que Vera siempre lleva a mano.

Su infancia en Albania

Mis dos hermanas y yo crecimos en un contexto en el cual los secuestros, la prostitución y las desapariciones eran comunes. Mis padres nos enseñaron cómo reaccionar ante situaciones peligrosas: cómo y hacia dónde correr, qué hacer y qué no hacer, cuándo hablar y cuándo callar. Todavía recuerdo como si fuera hoy esas noches de 1997 cuando dormíamos en el piso mientras mi papá se quedaba toda la noche despierto custodiando la puerta para proteger a nuestra familia. Toda nuestra generación creció bajo el miedo. Siempre vivimos con miedo, pero sabiendo como reaccionar ante él.  No tuve ningún shock cultural al llegar a Irak. Se siente como Albania en los ‘90, pero sin comunismo. Mi mamá siempre nos decía a las tres que nos mantengamos alejadas de las fuerzas de seguridad porque ellos pueden hacer con una lo que quieran sin que nadie se entere ni lo reporte. En Albania, nadie confía en el ejército, ni la policía porque muchas veces son ellos los que realizan este tipo de cosas.

Su historia no suena tan lejana a las realidades de tantas otras regiones. La diferencia quizás es que tanto su padre como su madre son militares, y conocen esta realidad desde adentro. Ambos se convirtieron en militares por obligación y no por decisión propia, en esas épocas grises en las que fueron “llamados” para ayudar a construir el comunismo albano.

De cuarentena en Irak

Vera se encontró, súbitamente, subiendo a una camioneta, siendo la única mujer en medio de un gran grupo de hombres, sin saber adónde los llevaban y sin poder darse a entender ya que nadie hablaba inglés.

No había asientos suficientes para todos nosotros. Estábamos todos pegados uno al lado del otro. Yo pensaba, ¿cómo voy a escapar de contagiarme en esta situación? El miedo comenzó a correr por mi cuerpo. Pero no únicamente por el miedo al virus y sus efectos sino por ser la única mujer ahí. Si alguien está considerando secuestrarte para prostituirte, en mi país les lleva algunos días hacerlo. Primero, intentan estar seguros que estás sola y vulnerable y que nadie te está esperando en ningún lado.

Los recaudos por ser mujer

Por eso, tal vez exageré todos mis comportamientos durante esos momentos: les preguntaba a los oficiales por direcciones, adónde íbamos, les decía que mi ONG estaba esperando que me comunique con ellos De esta forma ellos sabrían que yo no estaba sola. Yo se que tanto en su cultura como en la mía, como mujer una no habla con hombres tan libremente porque puede interpretarse como que busco algo más que hablar. Pero esto era diferente y sentí que por mi seguridad tenía que hacerlo. No era momento de pensar lógicamente sino de seguir mis instintos. Era de noche y no había luces alrededor. Llegamos a un motel, no a un hotel. Intenté localizar el lugar en el mapa de mi celular, pero ni siquiera figuraba ahí. Al llegar, entre las sombras pude distinguir muchos policías. Me tranquilizó un poco ver la cantidad de agentes ahí porque es más difícil que alguien te haga algo sin que todo el resto se entere, pero al mismo tiempo la cantidad de movimientos y de gente alrededor generaba mas tensión porque no sabíamos que estaba pasando. Me sentía fuera de lugar. El olor a tabaco viejo y todo lo que veía me hacía sentir en un ambiente de hombres.

El horror

Dos hombres me llevaron por un túnel largo y oscuro hasta llegar a la habitación del motel. Tuve miedo y pensé que podía pasarme cualquier cosa. No había donde escapar. Golpearon la puerta y una mujer musulmana extranjera, totalmente cubierta, salió y empezó a gritarles. Ellos respondieron empujándola hacia afuera, vociferando: no queremos sus sucios gérmenes en nuestro país. No pude contenerme y me largué a llorar. Los gritos continuaban. Supuse que si lloraba más fuerte, al menos podría ayudar a parar la discusión con Hanan, la mujer musulmana, asi que eso hice. Funcionó. Al verme llorar, el foco giró hacia mí, la tensión se redujo y finalmente, dejaron a Hanan conmigo a la habitación. Ahí descubrí que ella hablaba un poco de inglés. Las dos entendimos que estar juntas en esa pieza era lo mejor para ambas. En mi casa yo nunca tuve mi propia habitación ni ningún tipo de lujo, pero las condiciones del lugar donde nos dejaron eran asquerosas. Y fue ese el detalle que disparó en mi cabeza la sensación de que lo que estaba viviendo era real y que era serio. Bloqueamos la puerta. Esa noche no pude dormir. Recuerdo que en un momento alguien intentó abrir la puerta violentamente y nos levantamos de un salto. Mientras desde afuera seguían girando la manija una y otra vez intentando abrir esa delgada puerta de aluminio, Hanan gritaba desde adentro en árabe. Yo, congelada. Pensé lo peor. Hoy pienso que tal vez simplemente querían comprobar si esa habitación estaba desocupada, pero en ese contexto, esto se convirtió en el momento mas terrible de mi cuarentena. Empecé a tener ataques de pánico durante esas primeras noches, sentía que no podía respirar. Dormía con un cuchillo al lado para sentirme más segura. Durante el día lo escondía para que no me lo encontraran y sacaran.

Foto: Eric Itin

Pensamientos estrátegicos

Después de los primeros dos días, comencé a aceptar el hecho de que así iba a ser mi vida por las siguientes semanas y empecé a pensar mas lógicamente. Creé mi propio plan de seguridad. En lo personal, comencé a estudiar los patrones de los doctores, la comida, el té, sonidos. Cualquier cosa que pasara fuera de esos patrones podría representar un riesgo. No lo iba a poder evitar, pero al menos me iba a encontrar preparada. El riesgo de contagiarme ya había dejado de ser mi primera preocupación.

El estrés que sentía esos primeros días era muy muy alto. Proteger puertas y ventanas me hacía sentir mas segura. Por eso, coloqué vasos y otros elementos en las ventanas para que, si alguien las intentara abrir, los vasos cayeran y estallaran en el piso. Eso me iba a despertar y encontrar un poco más preparada. Me sentía constantemente cansada como para hacer algo debido a las condiciones: falta de luz, falta de información sobre que estaba pasando afuera, misma habitación 24 hs. al día. Nunca antes dormí tanto en mi vida. Creo que esta fue la consecuencia de haber integrado ese constante modo de alerta en mi día a día.

Al final del túnel, hay luz

Vera cuenta que ni comía durante los primeros días pero que Hanan, su compañera de habitación, la forzaba a cuidarse y hacerlo.

Hanan tiene 50 años y es una mujer fuerte. Ella se ocupó de que yo comiera, me bañara, puso presión para que nos mejoraran las condiciones de la habitación, que la comida comenzara a ser decente. Con el pasar de los primeros días, yo comencé a fortalecerme y ella a decaer y deprimirse. Nos convertimos en una especie de madre e hija, apoyándonos mutuamente. Al tercer día, nos llegó el rumor de que alguien había pagado para salir de la cuarentena y se había ido, dejando una habitación libre mucho mejor que la nuestra.

Hanan se quejaba tanto que le ofrecieron mudarse allí. Ella podría haberse mudado sola, pero me ofreció que fuera con ella. En paralelo, las quejas colectivas continuaban. Cada persona detenida intentaba incesantemente contactar a personas influyentes, amigos de amigos, ONGs, y otros con el fin de que se conozca la situación: Hanan está muy bien conectada, pero por su seguridad no puedo dar detalles. Ella conocía de antes a la persona que dicta las reglas de cuarentena en Kurdistán, pero esa persona no conocía las condiciones reales en las que vivíamos y como era el trato hacia nosotros. En cuanto él se enteró de la situación en ese motel, todo empezó a cambiar. La comida mejoró, los guardias comenzaron a ser mas respetuosos y el clima de todo el motel mutó drásticamente. Ya no me sentía insegura. Lo que Hanan hizo por mí y por todos los que estábamos ahí fue increíble. Ella sola se encargó de pelearse con quien hiciera falta para mejorar nuestras vidas esas semanas.

El poder de tener conexiones

Al cabo de seis días, Hanan ya se encontraba fuera de ese motel. La llevaron a continuar su cuarentena en un hotel de 4 estrellas. Vera quedó en el motel.

Esta es una cultura relacional: cuántos mas amigos tengas, mejores oportunidades vas a tener, más seguro vas a estar. Los pocos amigos que tengo acá fueron los que me ayudaron con comida, sábanas y toallas.

La escucho y me pregunto por “los otros”: todos aquellos que tal vez no cuentan con contactos, aquellos que no tienen la suerte de conocer a los que hacen las reglas, aquellos que no tienen nada que ofrecer a cambio.

No hay tantas personas entrando y saliendo desde aeropuertos en Irak. Por ende, la mayoría de las personas que fueron retenidas en el aeropuerto tienen conexiones. La sensación es que si no tenés esas conexiones, no obtenés nada. En mi caso, dejando de lado esos primeros días de caos total y estrés, al trato que recibí lo califico como bueno. Desconozco si tuve esa suerte por ser extranjera y trabajadora humanitaria, o si los demás detenidos recibieron el mismo trato que yo. No podría asegurarlo, pero si puedo decir que el ambiente cambió rotundamente. En esa segunda semana, empecé a escuchar música y gente cantando en todos lados, otros riendo a carcajadas a las 3 AM. Los guardias empezaron a golpear la puerta y pedir permiso antes de entrar. Nos permitieron salir de las habitaciones hacia los pasillos, desde donde podía ver gente charlando y fumando en los halls. Creo que fue una consecuencia de empezar a pelear por nuestros derechos.

 Vera también me cuenta que, con solo salir al pasillo, le llovían los “I love you” de otros que sabían que ella estaba en esa habitación.

En mi vida normal, esos gritos me hubieran molestado. Y en los primeros días de esta cuarenta, esos gritos me habrían aterrorizado. Pero en este contexto, me hacían reír. Significaba que el nivel de estrés había bajado y que a pesar de que todavía estábamos encerrados en ese horrible lugar, la vida estaba volviendo de alguna forma a la normalidad para todos nosotros.

Vera ahora ya se encuentra en Mosul, donde vive y yo le hice esta entrevista.

Cuando volví, me sentía tan feliz. No sólo no contraje el virus, sino que además acá tengo una ventana grande por donde el sol entra a la mañana, duermo de noche sin interrupciones y tengo buena comida.

 


Esta historia forma parte de las Bitácoras Angulares. Diarios de la Pandemia. Si querés leer más: http://espacioangular.org/bitacoras-angulares/

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