Sueño millennial: viajar, trabajar y volver

Cansadxs de la oficina, las horas en frente de la computadora y la falta de tiempo para pensar en proyectos personales, una pareja emprende un viaje en busca de un cambio. La búsqueda de un sueño. ¿Cómo habrá terminado todo el recorrido? Dana y Joaquín te cuentan su historia.


Es diciembre y, sorprendentemente, lejos de estar abrigados, estamos caminando (sin tapabocas) hasta la playa. Claro, estamos en una de las ciudades conocidas como las «superpobladas turísticamente» y una suerte de sucursal de Argentina en Europa: Barcelona. Paseamos libremente por sus calles perdidas y con el viento pegando en la cara, disfrutando de esa sensación de libertad que sólo conocemos cuando emprendemos un viaje largo donde no hay lugar para las preocupaciones.

Mientras tomamos mates en la playa, soñamos con el año de nuestras vidas.

El año de nuestras vidas

Y, como esas aventuras que siempre vemos desde afuera, nos cuentan que siendo ciudadanos comunitarios podemos ir a trabajar a Holanda de manera fácil, con casa, auto, trabajo desde el día en que llegamos y con sueldos que nos permiten hacer todo eso que queremos durante el año, trabajando sólo unos meses. Al principio desconfiamos, pero en nuestra mente, tenemos las ganas de trabajar en lugares y tipos de trabajo que nunca experimentamos.

Estamos cansados de la oficina, muchas horas en frente de la computadora y sin tiempo ni ganas para pensar en proyectos personales. La idea de ir a un centro de distribución de una de las empresas textiles más grandes del mundo, si bien nos hace algo de ruido, cuadra muy bien. Mandamos un mail, traducimos nuestro CV, tenemos la primera entrevista de nuestras vidas en inglés y horas más tarde compramos el pasaje hacia un pueblo inhóspito en el sur de Holanda.

¿Y ahora?

¿Dónde vamos a vivir? La verdad es que no lo tenemos muy claro. Son casas compartidas con otros trabajadores en una pequeña localidad llamada Hoosterhout. Con el optimismo (ingeniudad) que nos caracteriza, no dudamos en que la suerte nos va a acompañar una vez más. De repente, en cuestión de horas, solucionamos nuestro primer desafío del viaje.

Pasillos, personas, productos, ruidos, incansables sonidos de máquinas. Más pasillos, más galpones y no acaba. Nunca estuvimos en un lugar tan moderno en su infraestructura rieles de tren que llevaban productos, computadoras con scanners, cintas transportadoras, que lo llevaban a otros galpones, ni en galpones tan grandes. Es nuestro primer día de trabajo, y nos sentimos en esa película o libro que siempre leemos de otras personas. Estamos contentos. Estamos entrando a trabajar a un lugar, en donde no sentimos ninguna obligación ni presión por lo que tenemos que hacer, lo tomamos como un juego, una experiencia.

Hoy nos toca preparar los paquetes de los pedidos online que hace la gente.

Trabajar, ahorrar y seguir de viaje

Es nuestra primera semana, estamos a prueba y por ahora vale todo. Cansados por un trabajo al que no estamos acostumbrados y con dolores, pero relajados. Y con el objetivo de trabajar tantas horas como esta semana para poder ahorrar y seguir viaje.

Ya hace una semana que empezamos a trabajar. Inesperadamente, uno de nosotros no está en la lista de trabajadores, pero si en la App que te decía qué días había que ir. Entonces tenías que volver o esperar ocho horas, hasta que el turno termine, para poder volver a casa con alguien. Cosa que se volvió frecuente con el tiempo. Menos horas de trabajo, menos plata. Todavía nadie nos sabe decir el criterio para elegir quién trabaja cada día. Algunos dicen que es por rendimiento, otros por nacionalidad, y también escuchamos que es completamente azaroso. Lo que sí percibimos, es que no es equitativo.

Simultáneamente, dejamos de estar a prueba. A cada hora un supervisor pasa con una planilla, sin mirarnos, preguntando nuestros apellidos y diciendo que nuestro rendimiento es pobre, que hay que hacer más, mucho más.

Paso un producto de izquierda a derecha. Otro producto de izquierda a derecha. Otro. De izquierda a derecha. Así nueve horas.  “¿Por qué frenaste a tomar agua?”, “No alcanzaste el target”, “Tienes que irte a casa”, y otras, son frases que escuchamos continuamente cada día.

El consumismo a la vista

Paquetes, productos, cintas transportadoras, ruidos, máquinas, más productos, más paquetes, mucho plástico. Mientras tanto, no podemos creer la cantidad de pantalones y remeras que la gente se compra en un mismo pedido pero con diferentes talles o colores. Días más tarde, trabajando en el departamento de devoluciones, entendemos que las personas suelen comprar 10 productos para devolver 9 (la huella de carbono agradecida). En este sector, una mujer dominicana nos enseña lo que tenemos que hacer y nos cuenta que los productos que son devueltos y que no están aptos para la venta por estar sucios o rotos, se dejan en el contenedor de donaciones. Luego de varios días que nuestra picardía argentina nos llevaba a dejar allí más de los productos que debemos, en un intento de justicia por mano propia, Carmen nos comenta “No se preocupen, igualmente los productos de “charity” se prenden fuego”.

Caminamos por los pasillos de los galpones y no paran de pasar productos volando por el techo. Dentro de nuestra mente sabemos que nunca estuvimos tan cerca del capitalismo. Estamos entendiendo que cuando compramos y nos llega en menos de 24 horas es porque hay una empresa que no para, y que la única manera de cumplir con todo esto, sólo en base a nuestra experiencia, es exigir más a sus colaboradores, jugar con sus horarios y no frenar. Que hoy le servimos pero mañana si ya pasó la campaña de navidad, mejor no vengas.


Un estilo de vida

Camino a casa, reflexionamos y nos damos cuenta que encontramos en un mismo lugar todo lo que, según nuestro estilo de vida, está mal. Jerarquías bien marcadas buscando constantemente que esto sea así, diferencias entre las nacionalidades que trabajamos acá, consumo (mucho consumo), falta de respeto, desigualdad, anonimato… Y personas que están acá hace muchos años, que conocen únicamente esta realidad. Si bien estamos en uno de los países más desarrollados de Europa, ningún holandés trabaja en este lugar, salvo en puestos jerárquicos.

Tal vez Europa no era tan perfecta como creíamos ¿no?

¿Ya tenés el libro Crónicas de una millennial?

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Vivirlo para contarlo

Después, vendría el Covid, pero ese es otro tema.  Con nervios, llegó el día de decir que hoy es el último, que no venimos más. A nadie le importó. Para nosotros, fue una breve experiencia que nos sirvió para ser más conscientes de otros mundos que suceden mientras vivimos, para meternos a investigar sobre consumos alternativos y por qué preferimos esperar varios días un producto que compramos por internet, o por qué elegimos comprar en un pequeño emprendedor que hace sus remeras con algodón orgánico, trabajo responsable y economía ética. A veces hace falta vivirlo, para saberlo.



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