Chile lacrimógeno

Cuando despertó, el gas lacrimógeno todavía estaba ahí.

Dentro de su nariz, en su garganta, en sus pulmones, en su memoria reciente de no poder ver y toser sin pausa tratando de respirar. Y en la memoria de los años setenta y ochenta, cuando este cronista, como muchos chilenos y argentinos de su edad, vivieron lo que nunca pensábamos que volveríamos a ver: Estado de Excepción, Toque de Queda, ejército en las calles, imágenes de soldados y policías disparando al pueblo desarmado, denuncias de torturas y abusos sexuales en comisarías, 16 muertes hasta ahora, centenares de personas heridas, miles de detenciones.

Esta mañana del miércoles 23 de octubre de 2019, mientras teclea para entender qué está pasando en el país al que vino ilusionado hace tres años, este cronista argentino sigue tosiendo y restregándose los ojos frente a esta pantalla.

El gas todavía pica.

Así funciona el gas lacrimógeno que los Carabineros de Chile arrojan a la multitud, en su gran mayoría jóvenes que bailan y cantan en paz. Es una nube blancuzca, a veces rojiza, que primero se mete por la nariz y causa un agudo escozor ácido. Como meterse mostaza por la nariz. Después, se mete por la boca, paraliza la lengua y entra por la garganta. En el caso de este cronista, el picor en los ojos que provoca las lágrimas que le dan nombre al gas es lo siguiente. Un dolor fuerte debajo de los párpados, como si los ojos se quisieran hundir en sus cuencas, un dolor que se prolonga a los huesos encima de los ojos.

En lo que yo vi en estos días, la mayoría de las y los jóvenes que salen en las pantallas de la televisión chilena, como malhechores cubiertos de trapos y pañuelos, se están cubriendo de los gases lacrimógenos.

Pero pese a su nombre, el principal efecto de esta sustancia, que el Estado chileno nunca dejó de usar desde la dictadura de Pinochet, no es provocar lágrimas. Provoca rabia, indignación, ganas de volver a salir a la calle.

Lo dicen los carteles: Chile despertó. No tenemos miedo. No son 30 pesos, son 30 años.

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#NoTenemosMiedo

No, no son los 30 pesos que subió el boleto del metro; son los 30 años de abusos de una democracia vigilada y de una constitución atenazante que redactaron los sirvientes del dictador en plena dictadura y que ningún gobierno democrático pudo, supo o se atrevió a cambiar.

Cuatro vecinos y varios de sus hijos e hijas de uno de los edificios con ventana a Plaza Italia compraron el lienzo de diez metros donde pintaron las palabras: No tenemos miedo. Ya lo cantaban en manifestaciones por los derechos de los negros y contra la guerra de Vietnam en EEUU en los sesenta. Lo colgaron de su ventana. Después, estudiantes lo colgaron en el centro de la estatua, de la cabeza de la estatua del General Manuel Jesús Baquedano. Así salió en incontables medios internacionales. No tenemos miedo

Lo que estos días hace llorar a Chile, que salió en masa a protestar desde el viernes en cada ciudad y pueblo, no es el gas lacrimógeno. Es el no poder llegar a fin de mes en un país donde el PIB per cápita subió, pero su beneficio quedó concentrado en las mismas manos de siempre. El 1 por ciento de arriba se reparte en gerencias, casos de corrupción y ministerios, mientras el 30 por ciento de abajo se endeuda hasta la desesperación.

La mayoría de quienes salen a la calle no están fuera del sistema: están dentro, trabajan y estudian, pero lo que ganan es una afrenta y lo que gastan, un escupitajo.

A veces hace falta un último insulto para mirarse al espejo y entender finalmente que se están burlando de uno. El ministro de Economía Juan Andrés Fontaine, ante las primeras protestas hace diez días por el alza en el precio del transporte público, que lo hace más caro que en muchos países de Europa, llamó a que los chilenos y chilenas se levantaran más temprano para tomar el metro antes de las 7. Esa fue la gota que rebalsó el vaso.

Las lágrimas no son por el gas, son por el abuso y la ofensa de décadas, por la promesa incumplida de la democracia recobrada en 1990. Los mejores periodistas, escritores, académicos y artistas de Chile están contando lo que pasa de forma potente y sintética. Los leo con admiración y gratitud. Este es un país donde, mientras el presidente decide no ver lo esencial y se enrosca en su propia guerra contra las cacerolas y las pancartas, muchos están pensando en qué pasa, por qué y cómo salir de esto.  

Así lo explicaba a los lectores de España y Latinoamérica a comienzo de las protestas la corresponsal de El País, la reconocida periodista chilena Rocío Montes:

“Aparentemente Chile era un oasis dentro de una América Latina convulsionada, como dijo hace unas semanas el presidente Sebastián Piñera. Pero entre jueves y viernes explotó una especie de olla de presión con violentas protestas sociales que este sábado tienen la capital bajo control militar, como no sucedía desde la dictadura. Las movilizaciones se originaron por el alza del precio del pasaje del metro, pero parece existir cierta coincidencia en que lo de la tarifa del boleto se trata apenas de la expresión de un descontento mayor de la sociedad chilena. La acción del Ejército apoyado por los carabineros no ha logrado aplacar la protesta en diferentes zonas de Santiago de Chile, donde este sábado se han seguido produciendo enfrentamientos, ataques incendiarios y saqueos en el comercio. Las manifestaciones comienzan a irradiarse a otras regiones del país, lo que obligó al Gobierno a decretar un toque de queda.”

Su reportaje se llama La olla de presión revienta en el oasis chileno.

El mismo sábado 19, la eximia novelista, dramaturga y actriz Nona Fernández en el diario La Tercera, partía su reflexión desde lo que vivió en la primera noche de las protestas:

 “Camino desde Morandé, en el centro de Santiago, hasta mi casa en Ñuñoa. Horas de caminata. Veo jóvenes con la cara pintada como el Joker que gritan que este es un mejor remate para el gran chiste. Pienso cuál es ese gran chiste. ¿El alza del pasaje del transporte público? ¿Las posteriores declaraciones del ministro a propósito? ¿Las pensiones de nuestros jubilados? ¿El estado de nuestra educación pública? ¿De nuestra salud pública? ¿Nuestra agua que no nos pertenece? ¿La ridícula concentración de los privilegios para un grupo minoritario? ¿La constante evasión de impuestos de ese mismo grupo minoritario? ¿La constitución ilegítima que nos rige? ¿Nuestra pseudodemocracia? Las posibilidades son infinitas, y mientras veo que se acerca un camión lanza-aguas, mi cuerpo, instintivamente, con una sabiduría escondida en él por años, corre, se esconde, se cubre la cara, y logra sortear la situación una vez más. Igual que ayer. Igual que anteayer. ¿Cuántos años llevo escondiéndome del agua sucia de un guanaco? ¿Cuántos seguiré haciéndolo?”

Su crónica se titula El gran chiste.

El lunes 21 el agudo analista y fundador del semanario satírico y de investigación The Clinic, Patricio Fernández, ponía todo esto en contexto en la revista digital argentina Anfibia:  

“En el caso chileno, es indudable que el aumento del precio en el transporte público es sólo el detonante de una molestia mayor. Desde la recuperación de la democracia en 1990 hasta avanzada la década del 2000, el país multiplicó en varias veces su ingreso per cápita y fueron muchísimos los que abandonaron la pobreza para ascender a una clase media que al mismo tiempo accedía a bienes con los que sus padres ni siquiera habían soñado y asumía compromisos de gastos, derivados de su nuevo estatus, que cualquier traspié ponía en peligro. El crecimiento económico permitió a la naciente democracia ignorar la destrucción de las seguridades sociales llevada a cabo por la dictadura. Muchísimos hicieron del crédito un modo de vida. Y todo funcionó bien, hasta que la economía perdió el ritmo y esa autosuficiencia que nos llevó a creernos ‘los jaguares de América Latina’ mostró sus fragilidades.”

Su análisis lleva por título No es una guerra, es el fin de un ciclo.

El martes 22 a la tarde, se publicó un documento firmado por más de un centenar de académicos de la Universidad Alberto Hurtado, donde trabajo. Son profesores e investigadores de derecho, de economía, de educación, de psicología, de ciencias sociales y periodismo:

“En el país ha estallado un conflicto social agudo, que nos recuerda que vivimos en un delicado equilibrio social y político que debemos abordar entre todos y todas con seriedad y responsabilidad. Rechazamos que este conflicto se afronte con estados de emergencia y toques de queda que inhiben el diálogo y la tranquilidad social.”

En similares términos se expresan profesores de otras universidades, estudiantes, gremios, asociaciones de periodistas, que deploran el sensacionalismo de la televisión, y el Colegio Médico, que denuncia que el número de muertes y heridos es mayor al informado por el gobierno, junto con una carencia alarmante de recursos en la salud pública, que lleva años.

Cada una de estas noches, en medio del toque de queda y del paso ominoso de los tanques verdes del ejército por las calles de Santiago, con el olor del gas lacrimógeno en la garganta, el país asiste atónito a discursos cada vez más confusos del presidente Sebastián Piñera.

Primero, dijo que estábamos en guerra contra un enemigo poderoso, para ser inmediatamente desmentido por el general del ejército con uniforme de combate que él mismo puso a cargo de la seguridad.  

La noche del martes citó al poeta uruguayo Mario Benedetti para ampararse en su desconcierto: “Cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas”.

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Inmediatamente la Fundación Mario Benedetti le respondió airada. Esta mañana consulté a la presidenta del directorio de la fundación, Hortensia Campanella. “Sin darse cuenta, al usar esa frase, Piñera está descontextualizando una cita que hace Mario de un grafiti que vio en un muro de Quito, según cuenta en Perplejidades de fin de Siglo,” me respondió la representante de los derechos del autor de La tregua.

“En todo caso me deja perpleja, y es una cruel ironía, que justo ahora el presidente de Chile nombre a un autor que siempre estuvo ligado al sufrimiento y dignidad del pueblo chileno”. 

Ahora Piñera llama al diálogo, pero sigue culpando de la situación a criminales organizados, que sin embargo no tienen líderes visibles. Los partidos de oposición, incluso el Frente Amplio que surgió de las protestas ciudadanas de 2006 y 2011, no moviliza a los que ahora mismo, al mediodía del miércoles 23, vuelven a tomar masivamente Plaza Italia y muchas plazas del país.

Danzan, cantan, saltan, tocan pitos y cornetas y tambores y cacerolas. Ya no lloran por los gases lacrimógenos que volverán esta tarde, cuando se vuelva a acercar el toque de queda. Y ya quieren dejar de llorar por vivir en un país sin salud pública, sin educación pública de calidad, con jubilaciones de hambre, donde todo está privatizado desde los tiempos de la dictadura. Quienes se manifestan son una mezcla de jóvenes que no ven futuro en este sistema abusivo y jubilados que no pueden pagar sus remedios porque les obligaron a poner sus ahorros en fondos de pensión que les pagan 200 dólares mensuales en un país donde muy difícilmente encuentren un alquiler por ese precio.

Otro de los carteles más viralizados es el de una joven que sale a la calle, con su cartón escrito a mano, que dice que su abuela murió por no poder pagar una operación privada.

Chile despertó. ¿Qué viene ahora? No está claro, pero no se volverá al sueño del oasis de Latinoamérica, ni a las lágrimas de bajar la cabeza y viajar en metros atestados, pagando un pasaje mayor que el del metro de Madrid para ganar un sueldo como el de Paraguay.

Mientras siguen sin parar los cánticos y los cacerolazos desde su ventana en Plaza Italia, ya escuece menos el gas de anoche. Todo está en veremos, pero esta semana hay un país en el sur de América que dijo basta.

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