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Una tarde en el santuario de Gilda

Una tarde en el santuario de Gilda

El 6 de marzo de 1997, un matrimonio fundó un lugar muy especial en la ciudad de Ceibas, provincia de Entre Ríos, Argentina, donde el ícono de la música popular falleció en un accidente. ¿Cómo es un día de Santuario de Los Milagros, donde asisten cientos de personas a pedir ayuda?


“Si el poder de mi música te puede ayudar, bienvenida sea mi música”, Gilda.

El último domingo de enero transcurre húmedo y caluroso, la térmica supera los 30 grados, pero sobre la ruta pareciera que son más: la cola de automóviles en la autopista es infinita. Una estructura de hierro pintada de azul francia sostiene cinco letras blancas, mayúsculas que forman el nombre “GILDA”, al costado dos alambrados repletos de pequeños objetos.

Flores plásticas, rosarios descoloridos, peluches amarillentos, zapatos de bebés, botellas de agua, llaves de automóviles, cintas y pañuelos de colores entre otro centenar de recuerdos. Al cruzar la estructura de hierro azul Francia, a mano izquierda, se encuentra un monolito con la frase “Gracias GILDA”, más adelante un cartel anuncia: Santuario de Los Milagros.  

El recorrido comienza atravesando un camino que conduce a un primer altar, una casa pequeña pintada de blanco y azul, donde las y los fieles se acercan a pedir y agradecer. Adentro hay imágenes, discos, velas y banderas; más adelante hay trofeos, relojes, patentes de automóviles, escrituras de inmuebles, vestidos de quince y casamiento.

La voz dulce y potente de Gilda se reproduce desde un equipo de música, suena Un amor verdadero (Corazón Valiente, 1995). Atrás de la casa se encuentra el colectivo, o mejor dicho lo que queda de él, donde viajaba Gilda al momento del accidente de tránsito, eso es lo primero que buscan quienes visitan el santuario de la “abanderada de la música tropical”. 

Fotos: Florencia Luján

Miriam Alejandra Bianchi se bautizó como “Gilda” a principios de la década del 90, con la salida de su primer álbum titulado “De corazón a corazón”, producido por Magenta Discos. Nació el 11 de octubre de 1961 en Buenos Aires (Argentina), antes de dedicarse a ser cantante y compositora de música tropical, fue maestra jardinera y ama de casa. Se convirtió en un ícono de la música popular.

Cuatro años y cinco discos después, un 7 de septiembre de 1996, cuando volvía de su último show en Buenos Aires, falleció en un accidente de tránsito en Ceibas, Entre Ríos. 

Sus canciones no dejan de sonar en fiestas de 15, casamientos y boliches, los más conocidos: “No me arrepiento de este amor”, “No es mi despedida” y “Paisaje”.

Fotos: Florencia Luján

Inicios

Carlos Maza y Rita Monzón, un matrimonio de Buenos Aires, fundaron el Santuario de Los Milagros el 6 de marzo de 1997, día en que colocaron un monolito en honor a una referente de la movida tropical argentina. Nunca imaginaron que ese espacio, el cual construyeron con ayuda de familiares, amigxs y otras personas, se convertiría en un ícono de la cultura popular, como sucede con el Gauchito Gil en Corrientes o la Difunta Correa en San Juan. 

—¿Por qué no a mí?- se preguntó Carlos mientras tomaba mate cocido y miraba televisión, un domingo de 1997 en el living de su casa, en Buenos Aires, mientras su esposa Rita planchaba la ropa. En la madrugada del lunes siguiente, el hijo menor del matrimonio iba a ser operado por quinta vez en el Hospital Garrahan, de una enfermedad llamada angioma bajo el brazo. 

Carlos cuenta que era una operación muy riesgosa porque el tumor se estaba ramificando, y eso podía perforar los tejidos de los pulmones, pese al optimismo se esperaban lo peor. “Ese domingo en la televisión aparece la historia de Gilda, hablaban de que su música podía sanar, entonces me quedé estático y pensé: ¿por qué no a mí?”, recuerda.

—Ese día mi hijo ingresó a las ocho de la mañana al quirófano y eran las ocho de la noche y seguía adentro, en la sala de espera quedamos sólo mi señora y yo: no sabes lo que fue.

Carlos contó baldosa por baldosa, dio vueltas en círculo y lloró junto a Rita hasta que el cirujano salió y les dijo que, pese a la complejidad, todo resulto bien; su hijo estaba a salvo.

La plegaria y promesa de Carlos y Rita dieron inicio a otras plegarias y promesas, que juntas levantaron el Santuario de los Milagros, más conocido como el Santuario de Gilda. Ubicado en la Ruta Nacional N° 12, a orillas del kilómetro 129 en la ciudad de Ceibas, provincia de Entre Ríos, es un terreno de dos hectáreas donde conviven la cumbia y la fe.

Fotos: Florencia Luján

Un amor verdadero

El matrimonio visita religiosamente, desde hace veintitrés años, todos los fines de semana el santuario, viajan desde la zona oeste de provincia de Buenos Aires durante todo el año. “Éste lugar no se puede dejar solo, es una picardía no estar cuando vienen personas de todo el país, hay que emprolijar, el mantenimiento es algo del día a día”, explica Rita. 

A medida que Rita da breves visitas guiadas a las y los visitantes, su esposo Carlos se encuentra desmalezando con un hacha, en un pequeño bosquecito que hay a un costado. Al unísono el matrimonio sostiene que nunca pensaron en dejar de cuidar este espacio, al contrario, les preocupa pensar en el momento en que ya no estén físicamente para hacerlo. 

Desde la mañana temprano se ve cómo las personas visitan el santuario: se van dos, entran cuatro; se van cuatro, entran ocho y así sucesivamente es un mundo de gente todo el día. “Así esté inundando la gente viene, por ejemplo el año pasado estaba inundado ahí, hasta el portón, y bueno la gente se quedaba ahí bajo la pérgola”, cuenta Carlos bajo un sauce. 

Fotos: Florencia Luján


Gilda, la mediadora
El Santuario de Los Milagros resiste a cualquier clima y crítica de alguna que otra persona que comente que “está abandonado”, sin contemplar que sólo dos personas cuidan de él. “Siempre le pido a la flaca que me de salud y trabajo para poder venir los fines de semana”, dice Carlos refiriéndose a Gilda, como si ella fuera la Virgen María, o cualquier otra santa. 

Después de ir y venir los fines de semana, Carlos a veces llega a su casa y piensa: “¿Qué estoy haciendo?”. “¿Estoy estafando a la gente?”. “Yo nunca dije que Gilda era milagrosa”. Personas de todo el país viajan a acercarle a Gilda sus preocupaciones y sus dolores, encuentran en el santuario una brisa fresca, un respiro de alivio, una luz al final del camino.

━¿Cree que Gilda es una santa?

━ Es una mediadora, ésta en un lugar que quizás ella no eligió, pero alguien la precisaba.

En varias oportunidades, a partir de que sus seguidores le adjudicaran milagros en vida, Gilda expresó: “Si el poder de mi música te puede ayudar, bienvenida sea mi música”. 

En esa línea se aferra Carlos Masa para explicar qué es lo que lo mueve, junto a su esposa, a seguir invirtiendo todas sus energías; sus días libres en el mantenimiento del santuario. 

━Hay algo más fuerte, qué sé yo, pienso en la gente, no en quienes están de paso, sino en aquellas personas que viajan de mucho más lejos, el otro día vino una señora de Ushuaia.  Yo soy el engranaje de esta historia, pero sin ustedes ésto no sería lo mismo -dice Carlos encogiendo los hombros y sosteniendo la mirada, sin agregar ni una sola palabra más. 

Cae la tarde sobre el Santuario de Los Milagros, la humedad y el calor no cesan, las personas que están de paso siguen atravesando la estructura de hierro con curiosidad. 

En unas horas Carlos y Rita emprenderán el regreso a la gran ciudad, para reencontrarse con sus hijos, encomendándose a Dios y la Virgen, por medio de Gilda, la mediadora. 

1 Comentario

  1. Héctor gurvit
    2 semanas ago

    Ahora me alejaré de mujeres impávidas.
    Walt Whitman

    Después de cierto viaje hacia el sur, a lo largo de la pampa, envuelto en el verde de la tierra rica y llana y el polvo del desierto, tuve un segundo rapto de locura. Cegado por el llanto y ensombrecido por la incertidumbre, un sábado de invierno, tormentosamente gris, tomé la ruta nueve con destino a Colón, evitando fantasmas y peligros fortuitos. De mi estancia en Colón nada es rescatable o merece comentarios; sin embargo, al volver, hice lo que nunca debí haber hecho: por algunos minutos, me detuve en el Santuario de Gilda, hacedora de milagros. Ya desde mi partida, me prometí la visita; a la altura del kilómetro 127, mientras intentaba explicarme, sin respuestas, las causas de tal impulso, fui sorprendido por esa suerte de construcción precaria y dispersa, aislada y solitaria en la desolada pampa. Los reflejos del día, la modorra de la siesta, el cansancio del viaje, los ojos enrojecidos por el llanto y el descampado, me impidieron prever el lugar; en una maniobra riesgosa y temeraria, detuve el coche casi cuarenta metros después de la entrada. Me abrigué fuertemente y retrocedí caminando el espacio que me separaba del acceso. Tal era mi ensimismamiento y mi pena que sólo me permití pensar en mí, con el egoísmo de los simples. Mi vida se deslizaba por una pendiente salpicada de riscos y, en la caída, mi cuerpo se estrellaba contra cada uno de ellos, estremeciéndome. Nada parecía anticipar el agotamiento de aquel infinito descenso. Lo que claramente buscaba en aquel sitio, era el libro de visitas donde, en febrero de 2000, habíamos escrito, tanto Naomi como yo, nuestros deseos de felicidad futura, una mera descripción de una ilusión. Una vez en la entrada fui, lentamente, descubriendo, hacia ambos lados del camino, el cúmulo de ofrendas que los fieles iban dejando, en agradecimiento o búsqueda de alguna sanación, ya sea física o espiritual. Brotaban abigarradamente rosarios, muletas, partes de automóviles, fotos, dedicatorias, oraciones, agradecimientos, flores, vestidos, estampitas, ángeles… Numerosos ángeles; más de los que pude haber imaginado. Desconocía, nunca me detuve a memorizarlo, a qué tipo de ángeles pertenecía cada imagen, pero entendía que de alguna manera, ella, Naomi, permanecía presente. Cómo, si no, se hubieran podido acumular tantos en ese tiempo, sin mediar su fama de santa poderosa. El lugar estaba semidesierto, dos muchachos custodiaban la entrada en prevención de robos y atendían preguntas según fueran requeridas. Me fui acercando, con la lentitud del que sabe con irrebatible seguridad que nada va a encontrar. Con la convicción de que la desilusión iba a terminar con el anteúltimo destello de esperanza, recorrí lentamente el sendero. Pretendía vivir, aunque sea por un breve instante, pretéritos tiempos de felicidad. En aquel verano volvíamos de Brasil y nos sentíamos rebosantes de alegría. Nada parecía o hacía intuir finales trágicos. Crucé la primera puerta, de alambre tejido; salvo el portón que era más bajo, el resto de la cerca se elevaba a unos tres metros de altura. Al fondo, se podía divisar el coche colectivo, quemado, donde supuestamente había ocurrido el accidente, casi diez años atrás. Más cerca, a la derecha del Santuario, se enclavaba una cruz, señalando el lugar donde los fieles depositaban flores emulando una tumba. Al fondo, se podía ver una casilla con baños y varios puestos de feria donde el público podía comprar ofrendas o comestibles. El piso era de barro y estaba húmedo. Había olor a cemento, a cementerio, a muerte… Hacia el frente, flameaban tres banderas: la argentina, la paraguaya y la uruguaya. En el centro del patio se extendía un monolito con forma de cruz, sobre el cual se veían, alineadas, placas de metal, supongo, de acero inoxidable; los textos daban gracias por algún milagro o pedían escuetamente por la salud de algún ser querido. Salvo los dos muchachos, el lugar estaba vacío. En el interior del Santuario me encontré solo y silencioso, inabarcablemente solo. Muchas de las ofrendas me parecieron las mismas que viera entonces. Me detuve a buscar, primero el libro, luego piezas familiares. Di vueltas alrededor del centro del Santuario, también ocupado por vitrinas e imágenes; nada encontré, tampoco me atreví a preguntar; no me sentí capaz de soportar una respuesta incierta. Ya no con un libro, se ofrecían hojas sueltas, lapiceras y una gran urna de vidrio donde depositar los mensajes. Hice lo mío. Pedí casi lo mismo que en el viaje anterior. Arrojé el papel en el interior del depósito y me fastidió vagamente saber que ese correo, triste y desesperado, no iba a ser leído por nadie; y Gilda, desde algún supuesto remoto lugar en el espacio, más consternada aún, acumularía mí pedido en una pila que, probablemente, nunca llegaría a satisfacer