Víctimas de abuso sexual infantil gritan juntas #SinVencimiento

En el marco del Día Mundial de la Prevención del Abuso Sexual en las Infancias, un grupo de mujeres que sufrieron abusos en la infancia cuentan sus historias y dicen que cuando ellas fueron a denunciar, les dijeron que era demasiado tarde. Por eso, ahora gritan #SINVENCIMIENTO y exigen que los delitos de abuso sexual no prescriban en Argentina.


Está todo oscuro. A ambos lados del camino, todo es negro. Salvo una gran chimenea, que parece un florero gigante. ¿Está bien respirar este aire que parece sacado de la planta nuclear? Esto no es Springfield, sino Ensenada, una localidad del sur del Gran Buenos Aires, lindera a La Plata. La ruta nos conduce a un barrio que se construyó hace muy poco, donde está la casa de Julieta Añazco. Hace frío y ella ofreció su morada como refugio, luego de una larga jornada de debate sobre no a la prescripción de los delitos sexuales en la infancia. Antes de llegar, cuenta que donde ahora hay un cementerio lindero antes no había nada.

—Es la primera vez que recibo extraños en casa –dice Julieta al llegar.

 Más tarde, explicará que son parte de las secuelas de los abusos sexuales que sufrió cuando era una niña. Es casi medianoche y el cansancio se hace sentir. Parece una de esas pijamas de la adolescencia. Aunque aquí ya nadie es adolescente: son todas mujeres que luchan contra el abuso sexual en la infancia y adolescencia. Muchas forman parte del colectivo #YoSiTeCreo. 

Además de la lucha, las une la resiliencia. Tiran unos colchones en el comedor. Sol Otero Quiroga viste unas calzas de colores. Tiene la voz grave y pausada. Es de Sierra Grande y se acaba de recibir de abogada. Cuenta que fue abusada por la pareja de su mamá cuando tenia 5 años.

—Yo siempre algo recordé. Pero de grande, más. Tenía tocs. Me sentía sucia todo el tiempo. Ni bien salía de bañarme, tenía que volver a la ducha. Así, muchísimas veces.

—Si, a mi también me pasó lo de la limpieza –le responde su compañera de militancia, Nadia Dagnino, rubia, con un costado rapado. Ella fue abusada cuando tenía 6 años (ahora tiene 38) por dos vecinos del barrio, en San Isidro, que en ese entonces eran adolescentes —La cantidad de veces que preferí estar loca a que mis recuerdos sean reales. Pero no. Hoy uno es un ex gendarme y el otro es un reconocido periodista de televisión. Lo que pasa es que tienen mucha protección y tapan todo.

 —Yo también hubiera preferido estar loca –le contesta Sol.

Pero no lo están. De grandes, comenzaron a tener flashes de los abusos sexuales que habían sufrido cuando eran niñas. Dicen que la memoria genera sus propios mecanismos de defensa. Amnesias. Disociaciones. Pero, en algún momento determinado de la vida, a veces disparadores, los recuerdos empiezan a aflorar y ya no pueden callarse más. La psicóloga María Blanco, quien trabaja con sobrevivientes de abuso sexual en la infancia y adolescencia desde hace 20 años, explica: “hablamos de disociación, represión, racionalización. Puede ser que se reactive el recuerdo que estaba totalmente dormido o que siempre lo recordó, pero no quiso hacerlo totalmente consciente. La mayoría de los casos son situaciones intrafamiliares y cuando los cuentan empiezan a elaborar el trauma que generalmente estaba muy silenciado. Pero cuando aparece, aparece con fuerza, a veces con angustia, de no poder entender. Entonces es momento de reparar, ya sea haciendo la denuncia o con tratamientos.”

Mariposa Blanca está sentada en el sillón del comedor de Juli. Tiene 42 años, el pelo largo y las puntas de colores. Es artista: canta, baila, escribe poemas. El arte se convirtió en su bastión y lo comparte en su libro El abrazo conjunto, de recursos artísticos para víctimas de abuso sexual en la infancia. Sufrió abusos sexuales por parte de su progenitor desde muy pequeña. Llegaron a someterla a un aborto a sus 12 años, hecho que ella recordó pasados los 30 años. Ya lleva quince años recordando y sanando las secuelas.

—Yo tuve una época en la que llegué a tener 4, 5 flashes por día. Tanto es así que ahora ya me doy cuenta cuando estoy por tener un recuerdo. El arte me salvó.

 Todas escuchan a Mari con mucha atención, mientras toman unos mates. Ella es la que lleva más tiempo recordando episodios de abuso. A la mañana siguiente, hablarán de la desconexión que las mujeres abusadas suelen tener con su cuerpo y sus emociones: la disociación es otro mecanismo de defensa. El dolor es tan pero tan grande que no sentirlo se vuelve la mejor anestesia.

La psicóloga Blanco explica que, como impera el secreto y el silencio, les niñes hacen una adaptación frente a esta situación de amenaza. Eso quiere decir que muches pueden decirlo y hablan para pedir ayuda, pero hay otres que están amenazados y no encuentran recepción o no entienden lo que les pasa: “es algo que tienen que apartar de su mente. Entonces, en general, se los ve tristes, no quieren salir, no quieren comer, le va mal en el colegio o tienen muchas pesadillas. En esos casos, depende de la persona adulta que pueda decodificar esta situación”.

—Cuando yo comencé a recordar  –dice Nadia – le empecé a contar a mis hermanos que cuando tenía 6 años e iba a lo de una vecina, estaban los hermanos de ella que abusaron de mi. Una de mis hermanas me dijo que en esos momentos había más amiguitas. Imaginate cómo es la mente que yo eso ni lo recordaba.

 —Si, a mi me pasó lo mismo. Yo soy de Sierra Grande, Río Negro. Mi familia es comerciante, es conocida. Y cuando fui a escrachar a este viejo de mierda, me fui sola a las radios, a todos lados. No quería que nunca jamás este tipo se le acerque a los chicos. Al tiempo, mi familia se alejó de mi.

—A mi me pasó igual, a mi también –dicen todas.

En su mayoría, los abusadores son personas de los círculos cercanos a las víctimas. Entonces, ellas explican que se vuelve muy difícil salir de ese circuito tóxico porque quienes supuestamente tendrían que encargarse del cuidado son los perpetradores y encubridores. Entonces, las suelen amenazar para que no cuenten los secretos, compran sus silencios con regalos o les dicen que van a matar a alguien de la familia o a ellas mismas.

—Con la primera persona que lo hablé fue con mi hijo, que entonces tenía 21 años. Le conté lo que había recordado y le dije que quería hacerlo público. Le dije: «Mirá, yo no sé lo que va a pasar, seguro que voy a salir en los diarios o en la televisión, ¿vos tendrías algún problema?». Me dijo que no, y entonces lo denuncié. Poder hacerlo fue sanador para mí.

Quien habla es Julieta, la dueña de la casa. Hasta ahora estuvo callada. Pero antes de ir a dormir dice que ella se alejó de muchas de las personas que no le creyeron. Julieta Añazco recordó todo cuando fue abuela: dice que empezó a sentir un miedo que jamás había tenido y así fue que empezó a unir el rompecabezas de imágenes espantosas de su memoria. Le llevó 30 años recordar que había sido abusada por un cura cuando era una nena de siete. Luego de animarse a hablar, se convirtió en una de las fundadoras de la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico de Argentina, una organización de víctimas de pedofilia de sacerdotes y jerarcas eclesiásticos.

Actualmente, el cura tiene hoy 84 años y por disposición del Arzobispado de La Plata vive en el Asilo Marín para ancianos, que depende de él. Las denuncias contra él fueron archivadas por prescripción.

—A mi directamente, cuando el 3 de junio de 2016, durante una marcha de Ni Una Menos, fui a la Fiscalía de Género de San Isidro, ni me reciben la causa, cuando vieron que había pasado hace 29 años del hecho, me dijeron que estaba prescripta –cuenta Nadia.

 Lo mismo sucedió con las historias de Mari y Sol. A todas les dijeron que estaban prescriptas.

***

—¿Sabés por qué tenemos el pañuelo rojo? Porque somos las caperucitas que no nos comemos el cuento –exclama Andrea Mila, también militante del colectivo Yo si te creo, cuyo símbolo de lucha son los pañuelos rojos.

Andrea se destaca por su oratoria. Sus palabras son claras y contundentes en el taller Contra la prescripción del abuso sexual en la infancia y adolescencia del Encuentro Nacional de Mujeres de La Plata. Ella sufrió abusos por parte de su hermano mayor desde los 6 años hasta los 13. Ahora tiene 34 años. En la adolescencia, con su despertar sexual, comenzó a recordar e hizo la denuncia. Tiempo después, el abusador se suicidó.

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—Recordarlo, decirlo y denunciarlo no fue un proceso sencillo. Y cuando llegamos a la Justicia nos encontramos con un vacío legal. Hoy por hoy, en Argentina los delitos de violencia sexual tienen vencimiento, prescriben. Sólo uno de cada mil casos de abuso infantil tiene una sentencia firme –agrega Andrea.

En el país, hace años que distintas organizaciones luchan por darle visibilidad al abuso sexual en la infancia. Un informe de la Organización Mundial de la Salud, dice que 1 de cada 5 mujeres, y 1 de cada 13 varones declaran haber sufrido abuso sexual en la infancia. Esto es sobre casos que están denunciados, verbalizados, cuántos más no se están diciendo ni entrando dentro de esas cifras.

 La abogada del Colectivo, Sol agrega:

—Hay mucha confusión. Debido a las últimas reformas se cree que las causas no prescriben, pero no es así. Si bien se recibe la denuncia, lo que es una obligación, la denuncia no tiene curso, es decir, no se investiga, en consecuencia no se sanciona el delito.

En Argentina, antes del 2011 las víctimas de abuso tenía un plazo hasta de 12 años para denunciar un caso de abuso sexual. Ese año se sancionó la ley 26705, conocida como «Ley Piazza» que suspendía ese plazo hasta que las víctimas cumplieran 18 años, mayoría de edad, teniendo como plazo máximo los 30 años para denunciar. En 2015, se sancionó la ley 27206, llamada en un principio «Ley imprescriptibilidad» y luego «Ley de respeto de los tiempos de la víctima», cuando se entendió que no producía esos efectos. Si bien esta ley fue un gran avance porque removió los plazos, sólo resulta aplicable a los delitos de violencia sexual cometido luego del 2015, año en el que entró en vigencia la ley.

—La ley es buenísima, pero por principios propios del sistema penal es solo aplicable para los hechos sucedidos después de 2015, no es auto-suficiente. Si son de plena aplicación los tratados internacionales que los tribunales argentinos en su mayoría hoy no aplican –dice Sol.

—Lo que pedimos es que nuestros delitos sean considerados de lesa humanidad para que sean imprescriptibles. Es decir, que cualquier persona, en cualquier momento, a cualquier edad pueda hacer el reclamo y que haya una instancia judicial –explica Andrea.

***

Un caso que refleja una luz de esperanza es el de Victoria Acebedo. En 1993, junto a su hermana Paula, cuando tenían 3 y 6 años, fueron abusadas por el novio de su mamá por casi dos años. La denuncia la hicieron ellas en 2015, cuando ya habían cumplido más de 30 años, ante el juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional N° 30 en Ciudad de Buenos Aires, donde sucedió el procedimiento habitual: la prescripción y sobreseyeron al acusado. Contra esta resolución presentaron recursos de casación tanto el fiscal como las abogadas. A fines de 2018, la Sala III de la Cámara Nacional de Casación en lo Criminal y Correccional dio a conocer un novedoso fallo. Dos de los jueces confirmaron que el delito había prescripto, pero uno de ellos, Pablo Jantus, votó en disidencia: interpretó la prescripción teniendo en cuenta los convenios y tratados internacionales, como las Observaciones Generales de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Consideró que al momento de ocurrir los hechos denunciados, Argentina ya había firmado la Convención Americana de Derechos Humanos (en 1984) y la Convención sobre Derechos del Niño (en 1990), las que, asegura, tienen jerarquía superior al Código Penal. Y que en estas convenciones se garantiza el derecho de las víctimas al acceso efectivo a la justicia, el interés superior de niños y niñas y la obligación del Estado de protegerlos del abuso sexual. Concluyó que el delito no prescribió y que la causa debe continuar. Si bien el voto de la mayoría consideró que el delito prescribió, se les concedió a las víctimas -aún cuando no vaya a haber una pena para el acusado-, la posibilidad de acceder a un «Juicio de la verdad» que permita investigar los hechos.  «Es un fallo muy novedoso, que muestra que no hay que seguir linealmente las leyes sino que deben interpretarse a la luz de los convenios internacionales. Y dan la posibilidad de que siga el juicio, no para que vaya preso sino para que la sociedad sepa la verdad», explicó la abogada Andrea Quaranta en los medios. Este hombre sigue trabajando en la Municipalidad de Magdalena, dice Victoria.

—Los juicios por la verdad son importantes para las víctimas porque el Estado tiene que tomar alguna responsabilidad que es la memoria, verdad y justicia. Las leyes de la prescripción lo que logran es impunidad. Los abusadores cuentan con esa impunidad y se benefician por el daño que producen por los años que suceden agrega la abogada  de Nadia, Gabriela Conder –Hay un paralelismo entre terrorismo de Estado y el terror de las mujeres, la psicóloga Raquel Disenfeld habla de “terrorismo sexual”. El terror de las víctimas no cesa, continúa muchos años más.

***

Ya es casi la madrugada en la casa de Julieta. El mate está a punto de lavarse. Desde la ventana, se ve que la humareda no cesa. Unas lucecitas de Navidad iluminan intermitentemente la escena: risas antes de irse a dormir.

—Me costó en un momento volver a reírme, después de recordar –dice Sol y Nadia asiente con al cabeza:

—Si, me acuerdo que después que denuncié, no sé qué chiste hizo alguien, y mi mamá me miró con cara de asombro: yo me estaba riendo.

#SIN VENCIMIENTO
El 19 de noviembre, en el marco del Día Mundial de la Prevención del Abuso Sexual en las Infancias, desde el Colectivo Yo si te creo y otras organizaciones , se realizó a una jornada en la Plaza del Congreso con intervenciones artísticas, bandas, artivismos, feria, serigrafía en vivo, talleres, conversatorios y espacio lúdico para niñxs a lo largo de toda la jornada. El Colectivo Yo sí te creo es un espacio diverso y horizontal de sobrevivientes, hermanxs, amigxs, madres protectoras, docentes, militantes feministas que toman esta causa con la convicción de poder cambiar de raíz el sistema patriarcal y adultocentrista. Luchan por niñeces libres de violencias.


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