Cuando aprendí a amarme a mi misma

Este es un relato que muestra el camino hacia el amor propio. Muchas veces se cree que ese sendero es idílico, pero no. En general, una persona despierta cuando se encuentra en plena oscuridad. Eso le sucedió a esta periodista venezolana cuando le descubrieron una enfermedad


Este es un texto íntimo.

Lo escribo por la necesidad que siento de dejar constancia del proceso personal por el que atravesé estos últimos años.

Lo escribo porque entiendo que mi experiencia puede que impulse a otras personas a escuchar sus cuerpos y cuidarse.

Lo escribo porque empiezo a entender que un problema de salud no es nada de lo que uno deba avergonzarse.

Lo escribo porque luego de un año, me siento mejor que nunca y deseo compartirlo.

Que si alguien piensa que es demasiado personal para hacerlo público, lo siento.

Para mí esa frontera impuesta entre lo público y privado se está desbaratando.

***

Sin ser madre, ni tenerlo en mis planes, hacia varios meses, yo notaba que de mis senos brotaban gotas de leche. Aunque siempre pensé que eso no era normal, no creía tampoco que fuera nada tan grave. Mis menstruaciones llegaban casi siempre regulares -pocas veces dispersas- pero cuando tardó dos meses en venirme me preocupé. Fui a la ginecóloga, a inicios de 2017, quien descartó un embarazo y me recetó unos exámenes. Le comenté a mi mamá y ella me expuso unos antecedentes familiares que apuntaban a un aumento en mis niveles de la hormona prolactina. La función de esta hormona es, básicamente, generar leche para un bebé. Como buena hormona también influye en otras cosas, incluido el estado de ánimo.

Es importante recordar que durante esas fechas en Venezuela se vivía una ola de protestas. Más de cien muertos, un sin fin de heridos y miles de presos, fue el resultado aterrador del que a veces, parece, nos olvidamos. Quienes nos oponíamos al régimen de Maduro salíamos a diario a manifestar nuestro descontento y yo, como periodista, iba también a reportear lo que ocurría en las calles. Cuando esto pasó de días a semanas, mi estabilidad emocional era nula. Lloraba muchas veces mientras escribía. Aún recuerdo el teclado mojado y lleno de moco. Era un golpe al corazón cada asesinato, era un golpe al alma cada video de agresiones salvajes por parte de los funcionarios del Estado o de los paramilitares chavistas.

Esa desestabilidad emocional influía en mi vida. Influía en mis relaciones interpersonales con mi familia y con mi novio de entonces; influía en la relación con mis amistades. Muchas veces llegué a pensar que me estaba volviendo loca. Sentía una presión en el pecho cuando quería decir algo y no lo hacía. Tuve, entre 2016 y 2017, tres ataques de ansiedad y en uno tuve que ser auxiliada por una desconocida. Me sentía incapaz de controlar mis emociones. Tomaba decisiones apresuradas, tontas. Sentía que nadie me entendía. Es que ni yo misma me entendía. Me sentía nadie, a pesar de tener logros.

Callaba. Callaba mucho.

Cuando me hice el examen de sangre en julio de 2017 salió una prolactina que equivalía a la de los niveles de una mujer en su segundo trimestre de embarazo. Me dio cierto alivio saber que había algo dentro de mi cuerpo que explicaba qué me estaba pasando. Pero yo ya había tomado la decisión de irme de Venezuela y, como todas mis energías se fueron en eso, nunca fui al endocrinólogo en Caracas.

Y migré.

***

Llegué el 31 de diciembre de 2017 a Buenos Aires y me recibió una ciudad húmeda y ardiente. Celebré año nuevo con un amigo del alma y después empecé con las diligencias que ya todos sabemos: casa, burocracia, trabajo… La insistencia de mi madre no paró hasta el día en que decidí hacerme los exámenes de prolactina nuevamente: agosto de 2018.

En ese entonces, el valor de la prolactina había subido al doble.

Obviamente mi estabilidad emocional seguía siendo nula. Esta vez la excusa que me autoimponía era la de «depresión del migrante». Contacté a una psicóloga con quien tuve una sola y larga conversación: empecé a visualizar cuáles eran las cosas que me hacían sentir tan mal. Había empezado a estudiar en la universidad algo que me gustaba mucho, pero no había terminado de conectar con los compañeros y compañeras; había repartido cientos de curriculums, asistido a decenas de entrevistas laborales, pero nunca me llamaban; había desarrollado relaciones interpersonales con personas, pero dañinas o superficiales; era un bucle en el que nada me salía bien.

Y comía. Quizá comía más de la cuenta.

Cuando asistí por primera vez al Hospital Durand, un centro público cercano a mi casa que contaba con un servicio de endocrinología que según las referencias en Internet era bueno, estaba expectante. Como no había logrado encontrar trabajo no podía correr el riesgo de hacerme monotributista y pagar por una obra social que me pesara realmente en el bolsillo. Así que el público fue lo más viable.

La primera vez que fui a la consulta con el examen de sangre de agosto de 2018, la médica se alarmó. Me mandó un montón de pruebas y me pesó. Para mediados de noviembre rondaba los 70 kilos. Mi límite había sido siempre los 63. Me asusté.

Empecé a entender que lo que me ocurría tenía relevancia, que debía atenderme y que debía cuidarme. Más allá del peso -que siempre ha sido un tema-, era todo junto. No se trataba de cuidarme sólo externa e internamente, se trataba de cuidarme en serio, de cambiar mis formas de pensar, de empezar a quererme más. Quería empezar a amarme.

Estar sola en una ciudad hermosa y agresiva te permite mucho tiempo de reflexión. Repensaba mis relaciones pasadas y actuales; conocía continuamente personas; me informaba de muchas nuevas cosas; leía sobre sororidad y feminismo; hasta fui a un taller de defensa personal. Me apoyaba en quienes sentía cerca. Me reencontré con mi madre en Buenos Aires y me acompañó a mi primera mamografía. Semanas más tarde, mi amiga Camila me acompañó a hacerme la resonancia magnética cerebral. Entendí que no estaba del todo sola y sentí alivio.

Mi cabeza entró a esa máquina y con mucho miedo y grima soporté el sonido que emanaba durante treinta eternos minutos. La palabra tumor traía consigo tantos malos recuerdos que no la quería tener cerca, pero era lo único en lo que pensaba cuando el muchacho me dijo que ya estaba listo el examen.

No sé si se hizo el «boludo» pero me dijo que él no veía nada raro. En la evaluación médica, decía otra cosa. Cuando se lo llevé a la neuroendocrinóloga, al lado del nuevo examen de prolactina que ya iba por una cifra de tres dígitos, lo escuché claro: prolactinoma. Parecía que sus estudiantes dudaban si era micro o macro. Si era micro era tan mínimo que no debía afectar ningún órgano; si era macro, en cambio, podía incluso afectar mi visión. Yo sabía que era macro solo porque desde hacía meses los dolores de cabeza se habían vuelto una constante. Así que cuando ella se lo dijo a su residente yo la escuché y lo repetí en mi mente: macroprolactinoma hipofisiario. La traducción al castellano es un tumor benigno en la hipófisis del cerebro. No me sorprendió porque estaba dentro de los padecimientos familiares.

Sus aprendices me veían desde el escritorio con lástima. Me preguntaron si tenía planes de ser madre y les respondí que no, que no tenía pareja siquiera. Me preguntaron si tomaba anticonceptivas y le dije que no, por lo mismo. Le aclaré que en última instancia siempre usaba preservativos, como para darles tranquilidad. Y es que me repetían varias veces que lo único que no podía hacer a partir de ahora era quedar embarazada.

A pesar de no estar en mis planes actuales, la maternidad y el parto son cosas que realmente deseo poder experimentar. Así que no fue nada alentador que me negaran la posibilidad, por las razones que fueran. Inconscientemente, me sentí menos mujer, me sentí menos apta. Esto, lo sabemos, es consecuencia de criarme en esta sociedad patriarcal.

***

A la par de todo esto, compartí con una de mis mejores amigas, que es médica, todo el proceso. A ella le mandaba todos mis exámenes y le decía lo que me decían en el hospital, esperando su opinión. Siempre me alentaba. En eso y en todo. Sentía su compañía virtual.

Empecé a medicarme en diciembre de 2018. El tratamiento, como mínimo, dura dos años. Las primeras dosis me incomodaron. Con el tiempo, los dolores de cabeza cesaron. Me inscribí en el gimnasio en enero de 2019. Salí de una relación tóxica ese mismo mes. Dejé de buscar trabajo para dedicarme a lo que me gusta. Empecé a intentar disfrutar mucho lo que hacía. Quería ver todo con ojos limpios y emocionarme. Me encantaba ir a un restaurante o cocinar con mi amigo Gustavo y saborear muchísimo la comida. Me fascinaba, de repente, salir a caminar y quedarme sentada en una plaza. Hacerlo y no llorar como antes. Amaba los planes sorpresa, las birras a media noche. Atrás quedaron los días en los que me ataba a la sábana para no despertar, en los que lloraba callada para no continuar. Esa soñolienta María Laura estaba desapareciendo. Dejé de recriminarme, dejé de culparme por mis fracasos.

Es que si no me llamaban para un trabajo, se lo perdían.

Si no me querían para una relación, ellos eran los que estaban mal.

Si no les gustaba mi forma de pensar, ellos se jodían.

Además empecé a ver las relaciones humanas como algo más amplio. Solía etiquetar todo, pero entendí que la gente es gente. Un día una persona puede estar ahí, al día siguiente ya no. Puedes desconocer a alguien que creías conocer a profundidad, puede alguien llegar a ser nadie. Empecé a entender que las personas cambiamos y nos transformamos: para bien, para mal o simplemente cambiamos.

Veía esa metamorfosis en mí y la veía también en allegados. Era un cambio físico, sí -empecé a rebajar gramo a gramo hasta sentirme feliz con mi peso-. Pero también era una batalla contra aquellos pensamientos que me querían hundir. Era ejercitar mi autoestima, saberme buena persona, buena profesional, buena amiga. Saberme honesta, saberme inteligente, saberme atenta, saberme perseverante. Era creerme todas las cosas que siempre me dije por decir y que nunca me creí realmente. Era creerme lo que incluso quienes decían amarme dudaban reconocer.

Mientras esto pasaba en mi mundo personal, en mi mundo profesional se abrían pequeñas ventanas para poder desarrollarme. En 2019, me dediqué a participar en varios proyectos periodísticos colectivos, y en uno personal, y escribí. Volví a escribir. Incluso llegó ese primer trabajo «fijo» (no en blanco, no estable) que hoy por hoy sigue siendo el único. Agradecí.

Agradecí cuando me monté en ese avión para ir a México por una oportunidad profesional que pude aprovechar en medio de este proceso y agradecí cada día que pisé en esa tierra. Disfruté reencontrarme con el Mar Caribe, con amigas y amigos. Pero también disfruté acostarme sola en la arena blanquita que el sol no llega a broncear, cerrar los ojos y tener, por primera vez en meses, quizá en años, la mente en blanco, y soltar esa sonrisa boba de cuando te sientes pleno. La plenitud que sentía era porque tras casi dos años de migrante, por primera vez sentía que todas las piezas empezaban a encajar: mi carrera, mis emociones, mis relaciones y mi salud. 

De regreso a Buenos Aires, empecé a escribir este texto. Lo escribí para decir que hoy me alegra verme en el espejo y saber que el tumor se está yendo y que yo estoy cambiando para bien. Me enorgullece cada gramo perdido, cada músculo ganado, cada examen de prolactina superado, como me enorgullece cada trabajo firmado. Me enorgullece ser quien soy y parte de ese orgullo es saber que me he moldeado con libertad. Esta libertad la encontré en Argentina, país al que le debo dos hermosos e intensos años de crecimiento.

Sé que hasta este punto parece que todo ha sido ganancia. Pero detrás de esto hay duelos. Hay traumas, miedos y preocupaciones aún no solventados. Detrás de esto hay cicatrices en el corazón y en la mente. Pero detrás de esto hay una mujer que se quiere cada mañana cuando se mira al espejo. Esa sensación vale demasiado y por esa sensación vale la pena el tratamiento, el ejercicio y el autocuidado.

 A veces me pongo triste pensando en lo sola que estoy. En mis círculos sociales la mayoría tiene pareja y yo los veo, unas veces con ternura y otras con hastío. Entonces me pregunto si no sería hermoso compartir mi proceso con alguien. Pero después me doy cuenta de que, si hubiese un alguien, no sé si me hubiese escuchado, cuidado y amado como lo he hecho en estos dos años. Si hubiese un alguien, seguramente me hubiese dedicado a amarle antes que a mí. Pero no, este ha sido mi momento. Lo aprecio y lo agradezco. Me aprecio y me agradezco porque aprendí a amarme a mí misma.

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