En busca de mi abuela, me encontré a mí misma

Este texto pertenece a nuestro taller «Escribir nuestras raíces». Esta es la historia de Claudia y de Antonia su abuela, como ella la llama, una mujer resiliente.


Texto: Claudia Marta Callisti Arva

Me pregunté a lo largo del proceso de ésta narración por qué te elegí entre mis ancestros para contar tu historia. Y siempre pensé que la respuesta la encontraría cuando llegase al final. Y creo que encontré el motivo. Yo no te elegí, vos me elegiste.

Me “contaste” tu historia, tu siembra de resiliencias. La superación de tu migración siendo pequeña, tus mudanzas, vivir en una época en que la mujer era considerada “incapaz”, el fallecimiento de uno de tus mellizos en el parto, la muerte de tu primer nietita, haber vivido tantísimos años “prisionera” dentro de tu propio cuerpo consecuencia de tu implacable enfermedad y más.

Creo en la herencia transgeneracional. Más allá de los caracteres físicos, heredamos fortalezas y debilidades.

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Pandemia

Tarde en época de pandemia por Covid-19.

El encierro, la vida y la muerte conjugándose en las calles del mundo.

La quietud, el silencio, la incertidumbre, la esperanza, la humanidad toda en un ruego.

La abrupta conciencia de la finitud de la vida.

Me siento vulnerable. Tengo miedo.

Las reuniones familiares, los encuentros con gente amiga, las clases de yoga, el gimnasio, los trabajos en el taller de Lili, los viajes… todo se suspendió.

Mi vida se limitó a transcurrir dentro del departamento.

Imposible no pensar, no repensarme.

Respondí a este hecho sin precedentes en la historia, con una actividad introspectiva. Surgió quizás como “un cable a tierra”, la búsqueda del conocimiento de mis raíces o, por lo menos, parte de ellas.

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Antonia niña

María Antonia Fiamingo. Te llamaron de varias maneras: Antonia, Antonieta, Nonna, Abuelita.

Naciste el 10 de agosto de 1897 en Papaglionti, Calabria, Italia. Un poblado situado a una altitud de 456 metros, rodeado de olivares y bajando, cerca, Tropea y el mar.

Allí viviste junto a tu mamá, papá y tu hermana, 4 años mayor, hasta que partieron a Argentina.

Las despedidas, la incertidumbre, el despiadado viaje por el inconmensurable mar.

Te imagino, una niña, viajando por primera vez, tantos kilómetros. Con muchas dudas, después de despedirse de tu gente querida. Por más explicaciones que hayas recibido, lo desconocido, lo incierto, da temor. Dejar el lugar de pertenencia, aunque existan promesas de bonanza, duele.

Pasaste de la vida simple y agreste del pueblo asentado en tierras escarpadas a la ciudad. Desconocida, ruidosa. Gente hablando en otros idiomas. Seguramente aferrada a alguna mano con el corazón galopando.

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La “valijita de las fotos de papá”.

Escucho el ruido de las llaves en la cerradura de entrada al departamento. Miro el reloj, las 18:15 hs. Siempre puntual, no sé como hace.

Es Jorge que llega de la oficina. Se desinfecta con alcohol en gel las manos. Se saca el barbijo y lo deja en el perchero.

-¡Buenas…! ¡Qué olorcito a café! – me dice sonriendo, dirigiéndose hacia mí.

Dejo las tazas sobre la mesada. Lo beso y miro con curiosidad la bolsa que trae.

-Te la manda Seba. Tu hermana pasó por la casa y se la dejó. Le dijo que vos ya sabías. 

-¡Sí, son las fotos de papá! ¡Por fin!-le digo con satisfacción- ¡No veía la hora de tenerlas! Agarro la bolsa y saco de su interior la “valijita de las fotos de papá”.

No sé qué hacer. ¿La abro y después tomamos la merienda? ¿O al revés? No sé. Mejor merendamos. Necesito un poco de tiempo. Suerte que casi todo está preparado. Sólo faltan las tostadas.

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Antonia esposa

La familia Fiamingo se instaló en una casa en el Barrio porteño de Flores, en la calle Culpina 1043. Actualmente la casa no existe más. Pasa por allí la Autopista 25 de Mayo.

En 1918, a los 21 años,te casaste con Domingo Sebastián Callisti, el abuelo.  Inmigrante de Pernocari, un pueblo que dista 5 km del tuyo, 10 años mayor. Desconozco cómo se conocieron. Solo deseo que te hayas casado enamorada.

Encuentro en un texto, entre todo lo investigado: “El Código Civil de Argentina de 1869 limitaba la capacidad de la mujer casada (art, 57 inc. 4), la ponía bajo la representación del marido. Las mujeres casadas no podían firmar contratos sin autorización del esposo, por lo tanto este podía decidir sobre el trabajo y la profesión de su esposa. Las casadas tenían vedado administrar los bienes propios o disponer de ellos. El marido era el administrador de los bienes del matrimonio, propios o gananciales”.

¡Qué tiempos Antonia!

La mujer casada incapaz. ¡Indignante!

Me pregunto cómo habrás transitado ésta condición. ¿Con rebeldía? ¿Con enojo? ¿Los mandatos culturales italianos de esa época, hicieron que naturalizaras la situación?



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Imágenes en blanco y negro

¡La valijita de papá! Cuando mamá murió, papá cerró esa pequeña maleta. Como sepultando el pasado. Igual “hizo” mi psiquis con mi memoria, mi amnesia de esa época. Sólo tenía 5 años. Mecanismos de defensa.

Después de 59 años tengo la oportunidad de ver su contenido.

La incertidumbre de lo que pueda encontrar hace que mis movimientos sean más lentos.

No sé cuánto tardé en tomar mi merienda, ni recuerdo que me comentó Jorge, menos si comí mis tostadas.

Mi mente quedó como nublada. Ahí, a mi alcance, imágenes impresas de mi pasado.

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Antonia madre

Tus maternidades parecen haber sido calculadas matemáticamente. Todas casi exactamente cada 2 años.

A los 23 años, fuiste madre por primera vez, nace el 13 de enero de 1920 Ana. El 6 de enero de 1922, Josefina. El 2 de febrero de 1924, nace Francisco, mi papá.

Estos nacimientos sucedieron en la casa de Sáenz Peña 751. Allí también el abuelo tenía su negocio de electricidad y plomería, al lado del conocido Restaurante LOPRETE.

Por último, el 27 de junio de 1926, ya en la casa de Rincón, tu parto de mellizos. Los dos varones. Sólo nació vivo el más pequeño, Cayetano. El de mayor peso tenía el cordón umbilical enroscado en su cuello y murió en el parto. Dado el poco peso del pequeño, tuvieron que adaptar una cuna con características de incubadora. Algodón y botellas de barro llenas de agua a temperatura necesaria alrededor del lactante. Lograron así que sobreviviese.

Tus hijas e hijos debieron aprender a ser independientes y ayudar en las tareas hogareñas. Como también a colaborar con vos en todo lo que podían.

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Recuerdos con olor a humedad

Ya en el dormitorio.

Tengo temor y emoción. Coloco lentamente la valijita sobre la cama y me siento a un lado mirándola. Acaricio sin prisa su tapa de cuero, áspera, desgastada por el tiempo. Tomando contacto de a poco.  

¡Qué momento fuerte! ¿Con qué me encontraré? ¡Basta! Presiono las teclas de los cerrojos metálicos. Se abren de golpe. Increíble, aunque tienen un poco de óxido, funcionan.

Vuelco todo su contenido sobre la colcha. Un olor de humedad lo invade todo. No me dan las manos para pasar de una foto a otra.

Un pasado desconocido por mí, se me revela. Trozos de vida en blanco y negro ante mis ojos. ¡Maravillosa sensación! ¿Podré traer a la memoria algún recuerdo anestesiado? Eso lo veré después. Ahora quiero embriagarme con todas las emociones que siento.

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Antonia, tu enfermedad, aceptación y adaptaciones

Cuando tenías 28 años comenzaron los síntomas de la enfermedad que en el futuro te invalidara: reuma deformante. ¡Maldita enfermedad!

Después del último parto, tu salud comenzó a complicarse. Dolores, deformación de las articulaciones. La medicina poco podía hacer en esos tiempos. Te operaron para intentar que pudieses caminar, aunque sea con las piernas rectas. Te sacaron las rótulas. El intento fracasó. Tuviste que desplazarte en silla de ruedas, con las piernas en posición oblicuas, ya que sin las rótulas no podían flexionarse.

Ejercer tu maternidad fue físicamente difícil. Tu hermana te ayudaba. Ella no tenía hijos. Durante el receso escolar, se los llevaba a vacacionar a su casa de Flores. En una oportunidad quiso, con su marido, adoptar a Josefina y a Francisco. Pero tanto vos, como el abuelo, no la complacieron. A pesar de las dificultades quisieron ustedes ejercer plenamente la crianza. Y así lo hicieron. Una señora ayudaba en los quehaceres domésticos.

El abuelo tenía una empresa que se dedicaba a la construcción, “La Africana”. Vos te encargaste de su administración. La oficina donde trabajabas era una habitación en la casa, acondicionada para tal fin, al lado del dormitorio principal.

Resiliencia

Pasados unos años, quedaste postrada durante 43 años en cama y nunca supe de tu enojo.

Pensar que me agobia el encierro de la cuarentena y vos, Antonia, durante la mayor parte de tu vida, sólo conocías lo que acontecía fuera de tu habitación a través de los cinco canales de transmisión en blanco y negro de tu televisor.

En tu dormitorio de la casa de la calle Méjico 2169, en el  barrio San Cristóbal.

Rodeada de las imágenes de la Virgen de Luján, San Cayetano, San Pantaleón y algún santo más. La pequeña velita encendida en una de las mesitas de luz. Frente a la cama, la cómoda con la palangana y la jarra de porcelana blancas con flores rosadas. En la pared donde apoyaba el cabezal de la cama, el gran cuadro de la Virgen del Rosario con muchas estampitas en su marco inferior. Por último, la mesa angosta con sillas bajo la ventana y a un costado, sobre la misma pared, un cuadrito de Lilianita, tu nietita fallecida antes del año.

¿Cuál fue el secreto? ¿Cómo pudiste conservar la cordura? ¿Qué fue lo que te permitió estar siempre apacible? ¿Tú fe? ¿Una poderosa capacidad de resiliencia? Quiero entender, comprenderte. Tu paz era sorprenderte.

***

El “cuadernito”

Las fotos de novios de papá y mamá. De cuando era chicos. Los abuelos, los tíos, todos muy jóvenes. Las de papá en el servicio militar, las del casamiento. Un cuadernito con anotaciones de papá que hizo en sus últimos años.

La vista se me nubla. Busco un pañuelito de papel.

Estampitas de bautismos, comuniones y defunciones. Boletines escolares de mamá. Fotos de Etelca y mías de muy pequeñas.

Ver caras sonrientes en color sepia me hace feliz.

Pasado el primer momento de mirar desordenadamente, trato de clasificarlas. Las de la familia Callisti por un lado, las de la familia Arva por el otro, las del servicio militar de papá a un costado, las estampitas las puse nuevamente en la bolsa en que estaban.

Me detengo un poco más en el cuadernito.

Lo hojeo, reconozco la letra de papá de sus últimos años. En cada hoja dejó escrita la fecha. La primera data del 7 de junio de 2005, casi 3 años antes que falleciera. Se ve que tuvo la intensión de practicar caligrafía, leo: “Debo escribir más seguido y bien”. La hemiplejia le restó habilidad. Pero él, igual que su mamá, rezando a sus santos y con el rosario siempre a mano, a los ochenta y pico no se dio por vencido. También comprobé que tuvo intensión de escribir su árbol genealógico: “Tengo que hacer algo útil, veo si me sale el árbol familiar”. Y dejó escrito alguna información. Poca, pero valiosa y testimonial: “Mamá enfermó en la calle Rincón, ya no pudo caminar más, Cayetano 2 años, yo 4 años, Pepé 6 y Ana 8…”.

Él, creyente y resiliente como Antonia

No puedo dejar de volver a mirar aquellas de mamá y papá. De novios, paseando, las del casamiento, veraneando en Mar del Plata…

¡Fueron felices! No hay dudas. Necesitaba verlos así.

Por ahora, las vuelvo a poner junto a las otras.

Como citó alguna vez Paulo Coelho: “Los recuerdos son como la sal: la cantidad correcta da sabor, demasiada la arruina”.

***

Antonia suegra y abuela

Ana fue la única que no se casó.

Josefina lo hizo con Juan Carlos en 1949. De ésta unión nacieron Lilianita, Juan Carlos y Mónica.

Francisco lo hizo en 1951, con Etelca. Nacimos Etelca y yo.

Cayetano se desposó con Elvira en 1954 y nacieron Gustavo y María de los Ángeles.

Todas las familias formadas vivieron en la casa grande de Méjico que había sido subdividida con tal fin. Menos papá, que construyó su vivienda cuando se casó con Etelca, cerca del Parque Chacabuco.

En 1960, murió el abuelo Domingo. Tu compañero de la vida. A los 63 años, Antonia, quedaste viuda.

Mamá falleció en el año 1962, muy joven. Papá, en 1966, se casó nuevamente, con Clara. Te costó mucho aprobar, junto al resto de la familia, esta nueva unión.

Papá tuvo conductas “adelantadas” con respecto a la época: no vivió una vez casado en la casa paterna, con mamá decidieron tener hijos después de los 5 años de matrimonio y cuando decidió casarse con Clara, lo hizo a pesar de la opinión de su familia. Con el nacimiento de Clara Rita, tu última nieta en 1969, se produjo la aceptación y el ensamble de la familia.



Visitar a la abuelita Antonia

No pudiste alzar a tus nietas y nietos, ni hacerles tortas de chocolate. Tampoco asistir a sus bautismos, comuniones y cumpleaños. Por eso, después de las ceremonias el paso siguiente era “ir a visitar a la abuelita Antonia”.

En esas visitas siempre fuiste cariñosa, no muy demostrativa, pero sí tenías mucha paz. Hablabas suave y tenías una mirada atenta. Sabías de nuestra salud y nuestro desempeño en la escuela.

Recuerdo tus manos. ¡Cómo olvidarlas! Cruelmente deformadas por tu enfermedad. Inexplicable que pudieses tejer. Empezabas con una prenda para el primer nieto y seguías haciéndolo para el resto, en orden, por edad. Mismo modelo, misma lana.

Cuando estaba próxima a cumplir mis quince años, tengo presente que yo no deseaba el tradicional festejo. Vos al enterarte te pusiste mal. Era la primera nieta en cumplirlos. ¿Cómo no llevaría a cabo el evento social soñado por toda adolescente? Ante tan fuerte “presión” y mi “docilidad”, tuve “fiesta de quince” el 16 de octubre de 1971.

El 3 de noviembre siguiente falleciste.

***

Rosarios y santos

-Clau, ¿qué cenamos hoy?- me pregunta Jorge abriendo la puerta del dormitorio.

Miro el reloj. ¡Las 21:30 pasadas!

-¡No me dí cuenta de la hora! –  dije- ¿y si pedís unas empanadas?

-¡Dale ya pido!- me contestó saliendo de la habitación mientras busca el celular.

Busco sobres de papel  y voy guardando las fotos ya clasificadas y los rotulo.

No sé por qué, miro mi mesita de luz. Tengo una cajita con rosarios, el denario que me regaló papá cuando cumplí los 50, un mini tríptico de San Francisco de Asís y el rosario que traje de Roma. Sonrío, menos representaciones religiosas que las existentes en las mesitas de luz de Antonia y papá. Pero… parece que alguna costumbre heredé.

Comienzo a guardar los sobres dentro de la valija.

***

Antonia en “Villa Antonieta

Desde que quedaste postrada tu vida transcurrió en dos espacios. Durante los meses de otoño, invierno y parte de la primavera en tu dormitorio y en el verano, en Villa Antonieta. Una quinta ubicada en el Km 47 de la ruta 7, camino a Luján.

Tu yerno te había construido una “cama rodante”. Era de madera de las medidas de tu cama habitual, baja, con cuatro ruedas y el eje de las de adelante con un “timón-mando” hacia adelante, que permitían al que la movía y trasladaba, darle la dirección deseada.

Cuando el verano comenzaba, se realizaba la mudanza. En un camión con tal fin se cargaba lo que se necesitaría para los tres o cuatro meses de permanencia en la quinta. Te pasaban a la cama rodante y luego, con la ayuda de varias personas, se te sacaba de la habitación a través de la ventana y te subían al camión. Una vez ubicada, comenzaba el viaje. Vos ibas abrazada a tu imagen de la Virgen de Luján.

A mi corta edad, esas visitas al campo era una gran aventura. Yo vivía en un departamento en Almagro.

Sólo dos cosas me desagradaban, los “bichos” y el mate cocido con leche en polvo que sí o sí había que tomar en desayunos y meriendas.

Allí, Antonia, gozabas del aire puro, del sol y la vegetación. Esos días los pasabas con Ana y recibías las visitas, algunas de varios días, de distintos familiares.

***

Brindis

Escucho el timbre. Llegaron las empanadas, pensé. Mañana sigo. Estoy cansada. ¡Qué intenso fue todo!

Una vez guardados todos los sobres, bajo la tapa y presiono los cerrojos.

Acaricio la tapa.

Hago lugar en uno de los estantes del vestidor y la acomodo.

Jorge atendió el portero eléctrico y va en busca del pedido, tres pisos abajo. Aunque va en el ascensor me da tiempo a lavarme la cara con agua fresca. Lo necesito.

Me miro en el espejo. Me digo: ¡Qué momento, Clau!

Respiro hondo y voy al comedor.

La mesa está preparada para la cena. Los mantelitos con las servilletas, los platitos, los vasos, la soda, la botella de agua y la de terma. Saco los vasos y los cambio por copas. Y la bebida la cambio por una botella de vino.

Jorge entra con las empanadas. Las pone en una bandeja en la cocina y las trae a la mesa.

-¡Ah bueno, hay cambios! Pero hoy no es sábado ni domingo- dice sonriendo, aludiendo a nuestra costumbre en pandemia de darle un detalle diferente a nuestras cenas de fin de semana en “cautiverio”.

-No, pero es un día especial, ¡es día de festejo! – le explico sonriendo.

Sirve las copas.

-Y …¿por qué brindamos?- me pregunta levantando la copa.

-Humm, no sé específicamente- le contesto levantando mi copa y tratando de encontrar las palabras apropiadas.

-No importa, ¡brindemos por tu encuentro!- propone.

-¿Mi encuentro?-le contesto sin entender.

-¡Sí, por eso que encontraste y te hace festejar!- me aclara acercando la copa.

Brindamos y comenzamos a cenar.

Y me quedo con el siguiente pensamiento de García Márquez:

“La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado”.

***

Antonia, Abue… me enseñaste!

Querida Abue, porque ahora te “hablo” como tu nieta, estoy llegando al final del relato. Crónica donde te llamo “Antonia”. Porque más allá de ser mi abuela paterna, fuiste hija, niña migrante, hermana, esposa, madre, tía, suegra, abuela. Fuiste mujer… mujer luchadora… fuiste Antonia.

A lo largo de estos meses de trabajo me fuiste preparando, fortaleciendo, mostrándome el camino de la superación. De la aceptación en paz de lo que la vida nos va presentando.

Hace tan sólo unos días Jorge, mi compañero de estos últimos doce años, falleció abruptamente, a mi lado, “muerte súbita”. Mi segunda viudez.

Como ya señalé al principio, creo en la herencia transgeneracional. Más allá de los caracteres físicos, heredamos fortalezas y debilidades.

Comienza en mí un nuevo proceso de resiliencia.

Abue, como soy la autora de éste texto, puedo tomarme la libertad de “jugar” con las dimensiones del tiempo. Y eso haré.

Cierro mis ojos, inspiro profunda y lentamente. Me acerco a vos, te abrazo fuertemente y susurro en tu oído: “¡Gracias Abue por revelarme tu historia!”. Y beso amorosamente tu aterciopelada mejilla, mientras siento el movimiento en la misma cuando esbozas una tierna sonrisa.


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