Brecha digital y pobreza, la otra cara de la pandemia en la Villa 31

La consigna “quedate en tu casa” en viviendas de  las villas 31 y 31 bis, los barrios populares más emblemáticos de la Ciudad de Buenos Aires donde viven más de 43.000 personas, abre otros cuestionamientos, como la poca intervención estatal para garantizar condiciones de salubridad e higiene básicas y el acceso a derechos como la alimentación, la vivienda y el trabajo. Además, la falta de servicios de Internet y de conocimientos digitales dificultan el aprendizaje escolar de les niñes.


A dos meses de aislamiento obligatorio en la Argentina, la pandemia puso de manifiesto que la crisis no nos atraviesa a todxs por igual. La villa 31, ubicada en el distrito más rico del país, hoy llora con rabia la muerte de dos de sus referentes, el Oso y Ramona, en manos del coronavirus y el abandono estatal. “No se puede vivir más en estas condiciones”, había denunciado la vecina y vocera de La Garganta Poderosa en alusión a la falta de agua en el barrio, derecho vulnerado durante más de 10 días. Ramona Medina tenía 41 años, era insulino-dependiente, madre de una niña con discapacidad, promotora de salud, cocinera y militante. Hoy, su grito se multiplica en las voces de quienes advierten sobre las problemáticas de vivienda, alimentación, educación y salud en los barrios populares y exigen soluciones ante la emergencia.


— Hola, Sol, ¿puedo contarte algo?

El mensaje llega a mi celular. La que escribe es una adolescente de la villa 31 que asiste a los talleres expresivos de Detrás de todo, la organización social de la que formo parte.

— Mi colegio es un poco estricto. Mandan muchas tareas por mail, y yo no sé cómo hacerlas porque no tengo Wifi.

— ¿Le contaste a alguna docente que estás teniendo problemas para conectarte?

— No creo que lo entiendan, son muchas materias con distintos profes. Y no van a dejar de enviar actividades solo por mí.

— Quizás si se organizan y entre varios les escriben, funcione, ¿no? ¿Cómo te sentís con todo esto?

— Mal, extraño a mis amigos, y quiero aprender cosas nuevas. No quiero repetir. Que mis padres no puedan pagar el Wifi no es su culpa, solo trato de hacer lo que se pueda.

Lo que se pueda. La expresión circula en las redes sociales, los establecimientos educativos, casas, medios de comunicación y distintos rincones de la Argentina desde que se decretó el aislamiento obligatorio a raíz de la pandemia del coronavirus.

La cuarentena atraviesa de forma singular cada territorio, comunidad y escuela. Las modificaciones en las rutinas se produjeron con una velocidad equiparable solo a la rapidez con la que el Covid-19 se está propagando en todo el mundo. En el país, hasta hoy se contabilizan cientos de casos, decenas de  muertos. En este contexto, numerosas familias de los barrios populares, junto a instituciones educativas, merenderos o espacios recreativos, hacen malabares para cumplir con las medidas de prevención y cuidado dictadas por el gobierno sin que corran riesgos otros derechos.

El grupo de WhatsApp de las Red de Niñez y Adolescencia del Barrio Carlos Mugica no para. Listados de las escuelas que reparten viandas o bolsones de comida se superponen con avisos importantes de los centros de salud, las defensorías, la línea telefónica para acompañar situaciones de violencia de género o institucional ante detenciones arbitrarias de las fuerzas de seguridad y los requisitos para obtener el ingreso familiar de emergencia.

En el medio del huracán de dispositivos de contención que se despliegan, infancias y adolescencias acostumbradas a volver del colegio e ir corriendo al apoyo escolar, a jugar a la canchita, la plaza o la calle, reciben por primera vez la consigna de que ahora quedarse en sus hogares es cuidarse y cuidar al resto. Un aluvión de tareas colapsa las computadoras de lxs más grandes, el celular de las madres y la conectividad del barrio basada, principalmente, en la telefonía móvil.

“Todo es muy feo, no me gusta para nada, porque no hay un ida y vuelta entre los profesores y  nosotros. Solo nos dejan el material, nos pasan la teoría, la fecha límite de entrega de la actividad y listo, que nos encarguemos. Supuestamente, cuando no entendemos, podemos preguntar. Lo hice y me respondieron después de cinco días. Además, algunos nos dan el triple de lo que hacemos en una clase”, cuenta Natalia, estudiante de 15 años que asiste a la Escuela Filii Dei en Retiro.

Sin embargo, somos muchas las trabajadoras de la educación preocupadas por la tensión entre la necesidad de garantizar la continuidad de los proyectos planificados y, a la vez, detenernos a reflexionar sobre las principales demandas de lxs chicxs en estos momentos. “Estuve todo el día con el celular tratando de ayudar a las mamás a descargar los cuadernillos o acceder a los blogs de las escuelas. Muchas no tienen datos o no saben cómo entrar a las páginas. Acá es cuando se nota la brecha digital”, afirma Giselle Merida, vecina y docente del barrio.

Redes colapsadas

—Nosotras, como no tenemos computadora en casa, lo que hicimos fue sacar fotocopias de las actividades. Pero hay muchas familias que no tienen ni siquiera para eso, y en ese caso se hace muy difícil hacer las tareas. Son un montón de hojas para completar, más de 400 pesos por chico es un montón de plata. —comenta Alicia, que vive en la zona del barrio conocida como Cristo Obrero.

— ¿Material para los chicos? No, boluda, no tengo ni uno. En la escuela me dijeron que tenía que comprarlo pero me sale 350 el block y yo no tengo un peso. Les doy dibujos que tengo en el celular para que copien, pero ya se aburren. Estoy sin saldo, me cortaron el cable e Internet por falta de pago así que no puedo entrar al link. Encima fui al comedor y me dijeron que no podían entregar más la merienda. Así que perdí un día sin darle de comer a mis hijos, imaginate — lamenta Jazmín.

—La celadora del grupo del transporte escolar mandó un mensaje por el grupo de WhatsApp diciendo que la Escuela Sarmiento colgó tarea en su blog. Quise entrar pero no pude. Llamé y no me contestan. Voy a preguntarle a la mamá de Rubí —dice Mirna, otra de las vecinas. 

Una de cada tres personas en la Argentina no tiene acceso a Internet, según un informe del Ministerio de Modernización de la Nación de 2018. En el barrio Carlos Mugica, la mayoría de las computadoras de niñxs de primaria fueron entregadas en el marco del Plan S@rmiento del gobierno de la Ciudad, que lo define como “el camino hacia la innovación en los procesos de enseñanza y aprendizaje, en el marco de los desafíos que plantea la sociedad digital”. Sin embargo, docentes señalan que ya no se otorgan hace años y que, en el caso de quienes las poseen, existe una serie de dificultades para contar con banda ancha. En la mayoría de las casas prolifera el uso de datos y telefonía móvil.

“El problema de esas computadoras es que solo tienen conectividad en las escuelas y muchas están rotas. El arreglo demora bastantes meses. Las escuelas ahora tienen la bajada de mandar por Internet la tarea a les pibes, pero acá en las villas las compañías no entran. Están las del barrio a las que por lo general se les corta la señal, y no tenés mucho que reclamar”, explica Giselle.

Cynthia Palavecino es psicopedagoga y participa en el acompañamiento escolar de dos organizaciones sociales. Desde que se decretó el aislamiento, ayuda a adolescentes con sus tareas desde su casa, y subraya que no hay una red que sostenga lo que implica llevar a cabo las clases virtuales. “Les mandan videos de YouTube para hacer los contenidos didácticos más interactivos. Está bueno, pero no se condice con la realidad. Es preferible que les envíen los clásicos ejercicios del colegio, que puedan copiar un problema en una hoja y resolverlo. Entiendo que se tengan que cumplir con los núcleos de aprendizajes prioritarios porque de eso depende la acreditación de los títulos, pero sería pertinente una reflexión sobre qué se quiere lograr, también, desde lo vincular”.

En este sentido, se explaya sobre las consignas que proponen actividades en familia. “La mayoría de les niñes van a los apoyos escolares a los que ahora no pueden acudir. En múltiples casos no hay una rutina familiar de asistencia con las tareas por un montón de motivos. Están solos y no hay estructura de soporte. ¿Por qué dar por sentado que vivir juntes implica armonía y apoyo?”.

El panorama es alarmante si se advierten los datos de deserción escolar en la secundaria recopilados por la Secretería de Integración Social y Urbana (SISU) de las villas 31 y 31 bis en 2016. Si bien la gran mayoría de los niños y niñas asiste al nivel primario, el 17 por ciento de les adolescentes entre 13 y 18 años ha abandonado la escuela y 4 de cada 10 han repetido algún grado o año de estudio. Estas cifras indican desigualdades con el resto de la ciudad, donde, en promedio, si se tienen en cuenta todas las comunas, el 80 por ciento termina en los plazos pautados, de acuerdo a un informe presentado por el Observatorio “Argentinos por la Educación” en 2018.

Belén Núñez es maestra de sexto grado de la Escuela Primaria Común N°25 Bandera Argentina, institución pública a la que asisten gran parte de los chicos y chicas del barrio. Suele comunicarse con las familias por WhatsApp. Explica que se acostumbró porque el año pasado el establecimiento no contaba con teléfono. “Ahora, unos papás me dijeron: ‘mirá, seño, armamos un grupo, te podemos agregar’. Me pasaron sus mails y a partir de ahí les estoy mandando actividades todos los días. La complicación, prácticamente, es que los chicos no tienen Wifi. A los papás se les acaban los datos. La situación es muy complicada porque los padres poseen empleos informales donde si no trabajan, no cobran. En mi grado, están haciendo un esfuerzo muy grande. Lo que noto en cuanto al vínculo es mucho respeto, cariño y ayuda entre todos porque estamos en la misma”, describe.

En tiempos en los que se apela a los “beneficios” de la enseñanza virtual surge con fuerza un interrogante: ¿cómo construir o conservar vínculos pedagógicos a distancia en contextos donde el acercamiento diario y el hecho de involucrar el cuerpo juega un rol fundamental?  ¿Cómo no frustrarse en el intento ante los obstáculos que aparezcan? “Estamos en el siglo XXI y una podría pensar distintas cosas sobre las tecnologías. Pero qué relevante es el uno a uno, ¿no? Yo creo que eso se extraña. Y ahí una cae en la cuenta de lo importante que es el contacto alumnx-maestra”, reflexiona Belén.

Sin derechos, no hay aislamiento ni educación virtual posible

A Tiziana la despierta una caricia en sus rulos largos y castaños que le caen como una serpentina en la espalda. Todavía no salió el sol, pero su mamá, Francisca, la saluda antes de irse a trabajar en la recolección de residuos.

—  Hija, por favor, no hagan barullo cuando me vaya.

La niña tiene once años y su hermana, Miluska, siete. Las dos se levantan, relojean los botines y la pelota. Saben que no pueden ir a entrenar con sus primxs y amigxs al club Padre Mugica o jugar en la canchita “porque hay un virus”. Pero solas se aburren y tampoco pueden hacer demasiado ruido; la dueña de la vivienda que alquilan vive en el piso de abajo, escucha todo y se queja porque “no puede dormir”.

Una de las cuestiones que más se están discutiendo en la Mesa de Urbanización del barrio es cómo impacta la consigna “quedate en tu casa” en viviendas de espacios muy reducidos para la cantidad de personas que las habitan. A este hecho se le suma la poca intervención estatal para garantizar condiciones de salubridad e higiene básicas en todo el asentamiento. La población actual de las villas 31 y 31 bis asciende a un total de 43.190 personas según una estimación realizada por la Secretaría Nacional de Acceso al Hábitat de la Jefatura de Gabinete en 2015. El número representa un crecimiento poblacional de un 66,7 por ciento respecto del último Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas (CNPHV) efectuado en 2010.

Belén recuerda que en su primer año como maestra en “La Banderita” le costó adaptarse porque nunca había trabajado en un distrito con esas características. La escuela estaba funcionando de forma transitoria en un galpón en la zona de la villa conocida como “Correo viejo”. Mientras tanto, el edificio donde se dieron las clases históricamente –y ahora también– enfrente de las instalaciones de Comodoro Py, estaba en obra. “El espacio estaba en pésimas condiciones, había mucha suciedad, era muy pequeño para casi 600 chicos. Vivíamos en un hacinamiento bastante importante, no había ventilación y no la estábamos pasando bien”.

A medida que fue pasando el tiempo, Belén se dio cuenta de que esa escuela era el lugar donde “tenía que estar” y en el que quería terminar su carrera docente. “Me hace muy feliz trabajar ahí porque siento que es uno de los pocos lugares donde los chicos pueden ser chicos. En sus casas tienen que cuidar a sus hermanitos, salir a trabajar, están cruzados por situaciones de delincuencia, consumo. Y no porque sea exclusivo del barrio. Puede pasar en cualquier lado. Pero su situación de vida es muy distinta a la de otros niños. Así y todo ellos tienen un compromiso enorme. Lo que se necesita no es confrontar, sino tratar de entenderlos. Yo no es que voy, trabajo, me vuelvo a mi casa y ya terminó la jornada. Genero un vínculo afectivo con mis alumnos, son una parte muy importante en mi vida. Y cuando ellos se dan cuenta, responden con mucho amor, progreso y esfuerzo y tratan de llevar eso que se vive en la escuela al barrio”, reconoce.

La importancia de permanecer

Giselle es vecina de la villa 31 y maestra comunitaria del Centro de Actividades Infantiles (CAI) que coordino junto a otra compañera, trabajadora social. Se trata de un programa del Ministerio de Educación de Ciudad que se propone fortalecer las trayectorias educativas de niños y niñas de entre 6 y 13 años a través de actividades recreativas, talleres culturales, el acompañamiento en sus aprendizajes y la articulación con las familias, escuelas, entre otros actores. Durante cuatro años, hasta antes del aislamiento, la docente formada en el primer profesorado de primaria popular atravesaba el barrio de punta a punta con un bastón debido a dificultades de movilidad en una pierna, pero siempre con una sonrisa, incluso cuando el asfalto todavía no había llegado a gran parte de las manzanas. Cada 50 metros en su recorrido al CAI, un grito la interrumpía: “¡Ahí va la seño Gise!”. Grupos de chicos y chicas corrían hasta abrazarla. Son los mismos que luego escribirían su nombre en un papel cuando otras maestras les preguntaran “por quién se sienten escuchados”. En su mesa de trabajo, Giselle los ha visto reírse por haberse volcado encima la chocolatada, hundir el mentón y subirse el buzo hasta la nariz por vergüenza, contar un secreto, llorar una ausencia, leer por primera vez luego de meses de práctica. Hoy, continúa el contacto por WhatsApp con ellxs y sus familias, pero insiste en que no es suficiente para realizar un seguimiento exhaustivo.

Los sábados en la sede llevamos adelante talleres de teatro, música, artes plásticas y de Educación Sexual Integral. Lxs participantes asisten desde que son muy chicxs y lxs vimos crecer (o crecimos con ellxs). Las referentes familiares (casi siempre mujeres) confían y se referencian continuamente con el espacio por cuestiones vinculadas a las trayectorias escolares de sus hijxs. Pero también por otras que las atraviesan y trascienden: situaciones de violencias, abusos, problemáticas de vivienda o consumo, laborales, de salud o vulneración de otros derechos.

“Muchas mujeres vecinas o compañeras se ven afectadas por la pandemia porque la mayoría labura en limpieza en otras casas. Eso implica que ese día no cobrás. Que los pibes y pibas que se quedan en sus casas implica todo un movimiento de horarios: quién los cuida, quién les cocina, más gastos”, sintetiza Giselle y hace una pausa entre sollozos: “Es doloroso”. Los datos del relevamiento socio-habitacional elaborado en 2016 lo certifican. Del total de las trabajadoras asalariadas, las no registradas alcanzan el 57 por ciento y la brecha de sus remuneraciones con respecto a los varones es de un 25 por ciento.

Video de las calles de la villa 31, durante la pandemia. Enviado por un vecino.

Las observaciones de lo que sucede desde el instante en el que les niñes entran al centro comunitario hasta que se van contemplan esta realidad y son insumos fundamentales de nuestras planificaciones desde los ejes de la Ley Nacional 26.150 de ESI: valorizar la afectividad, respetar la diversidad, reconocer la perspectiva de género, cuidar el cuerpo y la salud y ejercer nuestros derechos. Hoy, en las reuniones de equipo que realizamos por videollamada la pregunta se repite: ¿hasta qué punto se puede traducir al lenguaje virtual propuestas de enseñanza-aprendizaje cuya máxima potencia se anuda al encuentro con les otres y al acto de permanecer cuando gran parte del entorno resulta endeble?

Enfrentar la urgencia

Una trabajadora de una dependencia del Gobierno de la Ciudad recibe y responde una lluvia de audios en su celular todos los días.

— ¿Te puedo hacer una pregunta? ¿Vos tenés un número para denunciar todo este tema de… —”el coronavirus”, interrumpe la voz suave de una niña de fondo— lo que está pasando con todo el tema de las viandas, que entregan lo que quieren, y sinceramente necesito ayuda para nosotros también. Estoy sin un peso, contaba con eso y no me lo quisieron dar estos desgraciados. Encima acá les llevan cajas llenas a la gente que recoge la basura u otras familias y a mí nada, me da una bronca.— expresa Jazmín, vecina del sector conocido como Bajo Autopista.

— Si nos estamos cuidando dentro de nuestras casas, lo lógico sería que haya tuppers para que retiremos los adultos, no que los nenes vayan a comer al comedor, pero me están diciendo eso— manifiesta María, también de Bajo Autopista.

— Me duele el pecho pero tuve que armar remedios con yuyos por temor a ir a la guardia. Acá en la salita no me quisieron atender. Estoy mejor y trato de no estar muy cerca de los chicos, aunque están muy aburridos, están viendo tele —cuenta Juana, mamá de cuatro niñes, vecina del Barrio Güemes.

La coyuntura no hace más que alumbrar desigualdades ya existentes. La velocidad con la que es necesario actuar y resolver no guarda relación con procesos educativos que, tanto por parte de lxs niñxs, adolescentes y sus familias, como de las docentes e instituciones, tienen otros ritmos. Más cuando se desarrollan en un entramado de otras vulneraciones habitacionales, sanitarias, de género y económicas. En ese panorama, el barrio Carlos Mugica se organiza y apela a su mayor fortaleza: la acción comunitaria. Vecinos y vecinas comparten preocupaciones e información, articulan para ir a sacar fotocopias o buscar viandas. Docentes sobrepasadxs trabajan y responden mensajes de sus alumnxs a cualquier hora entre informes, tareas del hogar e intercambios con otros colegas.

Niños antes de la pandemia. Foto: Gastón Frías.

La directora de la Escuela Media Nº 6 Padre Carlos Mugica, secundaria que le sigue a “La Banderita”, Myrna Tamer, advierte que este año va a ser atípico y que, en el caso de que se extienda el aislamiento, es necesario situarse en la realidad concreta del barrio para pensar futuras acciones. “Lo importante es que los chicos estén bien y que las familias tengan para comer. Y el segundo eje es que los pibes estén contenidos, que sepan que está la escuela, que van a volver cuando esto pase, que entiendan que no están solos en el mundo, que cualquier cosa que necesiten vamos a estar”.

Myrna balbucea, son las ocho de la noche y está cansada. Va todos los días a entregar las viandas a la Mugica. Espera a adolescentes y familias que caminan un kilómetro y medio, exponiéndose al avance de la policía en el barrio, por un sándwich con una feta de queso y una fruta que muchas veces tiene que tirar porque “está fea”. Cuando llega a su casa, el teléfono no deja de sonar. Si no es un chico que se quedó sin vacante, es una profesora que no puede ingresar al blog o un supervisor.

El barrio vacío. Crédito: Gastón Frías.

— Son épocas difíciles —suspira—, pero se hará lo que se pueda.

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1 Comentario

  1. Me encantó el relato. Muchas veces me pregunto, ¿porqué tanta insistencia en que las clases continúen?! familias, pibes y docentes, estarán desbordades con todo… quizás a algunas flias les venga bien… pero creo que debería ser algo bien voluntario y como contenedor de la situación, nunca una obligación… porque está generando mayor desigualdad… ¿qué significaría no tener «clases» 6 meses o un año, si para todes sería lo mismo…? creo que esa es la que va. Y que les docentes tengan su sueldo, obvio.


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