Eva, la historia de una mujer trans

El camino hacia un cambio de identidad, enmarcado en Argentina, bajo la Ley de Identidad de Género que permite que las personas trans sean tratadas de acuerdo a su identidad autopercibida e inscriptas en sus documentos personales con el nombre y el género vivenciado.


«Aunque me pegase e insultase, yo seguiría amándole. Estoy segura. Creo que es nada más que una cuestión de sexo» – dirá Eva (Génesis 4:12).

Mujer creada por Dios. Pareja mitológica de Adán. Madre de Caín y Abel. Ingenua por naturaleza. Perspicaz y perfecta. La biblia dirá que fue engañada por una serpiente. Se atrevió a comer el fruto prohibido y condenó a la mujer. Murió sola, pero sobretodo enamorada. Desterrada del edén. Enemistada con Dios. Crédula de Satanás.

***

Verano de ´18

Es verano de 2018 y se hace notar en los cuerpos. Criaturas de su más cercana intimidad, ríen, fuman, beben. Esa mujer. Ese rojo vivaz. Sus pasos parecían acompañar el compás de la música que sonaba de fondo. Había grupos ahí y allá, pero ninguno estaba ajeno a su presencia. Eva se deslizaba en ese lugar con gracia y delicadeza. Perspicaz y perfecta. La biblia afirma que Eva fue engañada por una serpiente, pero no te dice el valor que tuvo para transgredir la voluntad de Dios y dar ese mordisco.   

Ella estaba ahí a cara lavada a pesar de la perfección de su rímel, su rubor y sus pestañas. Ahí estaba ella y yo sentía que era la primera vez que la veía. Casi sin darme cuenta se me escapó su nombre: Christian y no sé por qué, lo sentí como un insulto. Lo dije despacio, nadie me escuchó. Me sentí avergonzado, y confundido.

– Chicos, ¿Cómo me ven? – pronunció con una medrosa sonrisa.

***

La criatura perfecta

Eva volvió. Pero ahora en un cuerpo ajeno, con formas ajenas. Pensó que tal vez ese era su cárcel, su castigo. Que Dios quería eso para ella. Se revelaba una vez más. Se mostraba como la criatura perfecta que siempre había sido. La que estuvo con nosotros a cada momento, espiando detrás de los ojos de mi amigo Christian. Hasta ese verano de 2018, donde su piel emergió por primera vez para nosotros, porque su andar clamaba que conocía esta tierra desde su misma génesis, cuando Dios la puso ahí para deleite y alegría de Adán.

***

Caminaba sola. Sola por un barrio porteño de la inmensa Ciudad de Buenos Aires. Se paró a mirar una vidriera, cerca de la calle Blanco Encalada, y sonrió tímidamente. Encendió un cigarrillo sin entusiasmo, sacó de su cartera un pequeño espejito de mano y revisó sin mucha importancia su aspecto. El cielo estaba gris y se despedía de un domingo frio y aburrido.

Estaba vestida sin formalidades ni estridencias para ser ella: pantalones ajustados negro, una blusa gris que, siendo aún algo escotada, no dejaba mostrar nada, un tapado sin piel, borcegos con plataforma y un pañuelo de seda algo vistoso que escondía un peinado desprolijo y sin cuidado. Solo un mechón rubio, ceniza, jugaba con sus enormes lentes oscuros.  

-Tardaste mucho, amigo- me dijo. 

Los nadies

Subimos hasta el cuarto piso de ese edificio ubicado en el barrio porteño de Belgrano. Su departamento es como un enorme altar de sí misma. Por donde uno mire, ella aparece en diferentes colores, trazos y poses como una estampita de una figura religiosa pop. Para siempre verse. Para siempre recordarse. Todas las paredes de ese monoambiente son blancas. Excepto una. Es negra y tiene grabadas con tiza dibujos abstractos, la contraseña del wifi y teléfonos de algún que otro delivery.

Hay una caramelera con muchas tizas, dónde podés elegir el color y un espacio. Una invitación a que vos, como ella, te pienses, te inventes y te plasmes. Pero lo que más me llama la atención es un fragmento del poema “los nadies” del libro de los abrazos de Eduardo Galeano: “los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos.

Feminización facial

Eva es encargada de un local de zapatos y borcegos −Dr. Martens− una famosa marca británica que llegó a la Argentina a mediados del 2015. Es fanática de Madonna y del color negro. Tiene dos rinoplastias y ácido hialurónico en el labio superior. Yo tengo casi un auto invertido en esta cara – me dice entre risas. “Se lo debo todo a mi cirujano plástico, el doctor Zaninovich”.Usó dos veces ortodoncia porque no le convencía su sonrisa.

-Ya hablé con el doc de nuevo por el tema de la feminización facial, porque las lolas por suerte me las cubre por ley mi obra social.

¿Ya tenés el libro Crónicas de una millennial?

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Ley de Identidad de Género

La ley N° 26.743 o Ley de Identidad de Género permite que las personas trans sean tratadas de acuerdo a su identidad autopercibida e inscriptas en sus documentos personales con el nombre y el género vivenciado. Además, ordena que todos los tratamientos médicos de adecuación a la expresión de género sean incluidos en el Programa Médico Obligatorio, lo que garantiza una cobertura de las prácticas en todo el sistema de salud, tanto público como privado.

Antes de irme observo que de esa pared negra cuelga también una pequeña biblioteca. Hay libros de Gabriel Rolón, de Susi Shock, la autobiografía de Moria Casan y la biblia. Tiene una página marcada, la abro y presto atención al pasaje subrayado con resaltador rosa: “Ella es todo interés, anhelo, vivacidad; el mundo para ella es un encanto, un asombro, un misterio, un gozo. Se hallaba de pie, como un mármol de blanca gracia y embebida del sol encima de un peñasco, con la cabeza juvenil echada hacia atrás, haciéndose sombra a los ojos con la mano, mientras seguían en el cielo el vuelo de un ave”.

-Sí – me dice − Yo elegí llamarme Eva por ella.

Por la que fue expulsada del paraíso. Por la que mordió el fruto prohibido. Por la primera mujer.

***

«Que la paz esté contigo»

Atate bien los cordones. Abrochate la camisa. Acomodate la corbata. Todo mientras un hediondo aroma a jazmín inundaba mis fosas nasales. Mamá siempre con esos comentarios de último momento, como si necesitara extirpar más culpas antes de pararnos, sentarnos, arrodillarnos y pararnos de nuevo. Recuerdo cada domingo de mi vida adolescente. Recuerdo esa iglesia de barrio y sus enormes campanas. Recuerdo cada gota de sudor que recorría mi espalda y mojaba mi camisa blanca.

Ahora veo las enredaderas abrazando los viejos ladrillos rojos de la parroquia Sagrado Corazón de San Fernando y no puedo dejar de preguntarme sí el edificio se siente tan asfixiada como yo. Ahí está el confesionario. Un día de estos me gustaría entrar y gritar mi nombre. El de verdad. No el que figura en el DNI y decora mis carpetas del secundario. Pero no, cuando voy, miento. Me expulsaron una vez del paraíso, imaginate lo que le pueden hacer a Christian.

Las misas siempre decían lo mismo. Cantábamos. Nos hacían arrodillar y pedir perdón. Recuerdo la sonrisa amigable del Padre Juan Carlos. Todos lo queríamos. Tenía poco pelo y un ojo más chico que el otro. Es que de tanto ir, una ya se fija todos los detalles. Y también, recuerdo la ostia. Ese momento en el que íbamos caminando uno atrás del otro y al llegar, abríamos la boca y el Padre arriba de un pequeño escalón colocaba esa especie de fruto que liberaba todos nuestros pecados.

-Que la paz esté contigo, Hermano.

“Prueben que bueno es el señor»

Salimos. Dos cuadras después pude respirar. Ya no siento el olor nauseabundo del jazmín ni el peso húmedo del silencio santo. El sermón de hoy no fue nada interesante. Me quedé pensando en el estribillo de aquella canción que cantamos todos los domingos: “prueben que bueno es el señor, hagan la prueba y véanlo. Dichoso aquel que busca en él refugio”. A veces cuando estoy nerviosa, la escuchó. Tarareo por dentro, dónde puedo sentir a Dios, a Jesús y su refugio. Lo prefiero así. Mi propio evangelio. Ése donde sé que Dios es amor. Tal vez el domingo que viene si pueda. Tal vez entre al confesionario y grite mi nombre para que todos lo escuchen: Eva.  

***

Por siempre Eva

Fue en Grecia. En una noche de calor, también. Habíamos alquilado con Luchi una cabaña por AIRBNB en una isla griega. Mykonos se encuentra sobre las costas del mar Egeo a 175km de Atenas y es conocida mundialmente por sus fiestas a la luz de la luna. Según la mitología, Mykonos fue el sitio en el que Afrodita, diosa de la belleza conoció el amor verdadero de Ares.

Luchi es mi amiga. Es mi transamiga. Estudió Relaciones Públicas y trabaja como activista y comunicadora en “Mocha Celis”, el primer bachillerato trans de Latinoamérica. Estudiante de la Diplomatura de Género y Sociedad de la Universidad de Lomas de Zamora. Tiene ojos color miel. Tez blanca y mejillas coloradas como muñeca de porcelana. De Familia Judía.  Amante de la astrología. Sagitariana. Con ascendente en Acuario y luna en Capricornio.

-Ésta es tu noche, Eva. Hoy el mundo te va a conocer – me dijo entre risas como una madre orgullosa cuando presume sobre uno de sus hijos.

Transformación

Y así fue. Christian desapareció esa anoche cuando me probé aquella pollera de charol. Nos rasuramos la barba apenas crecida en un espejito 2×2. Nos pintamos los labios de rojo y los ojos con sombra negra y glitter. No sé si el mundo me conoció. Pero sé que Giacomo, sí. Tuvimos sexo en la playa. Me contó que era italiano y que estaba de vacaciones con amigos. Recuerdo su espalda tatuada y sus enromes manos ásperas.

Llegaron, luego de ese viaje, el bloqueador de testosterona y las hormonas femeninas. A qué médico recurrir y a dónde no ir. Cuál es la mejor casa de estética y dónde encontrar las mejores ofertas. Sin embargo, una conversación aún baila en el aire entre ella y yo, inmortalizada en una pregunta aún sin respuesta:

-¿Y vos cuándo te las querés hacer, amiga?

***

Domingos de verano

De chica le encantaba ir al jardín de su abuela Rita en San Fernando. Las tardes soleadas, los domingos de primavera, con bolsas de jazmines que plantaban juntas con el solo objeto de adornar los canteros de las ventanas. También los domingos de verano, pero a la mañana temprano, antes de que el sol picara sobre sus cabezas, a esa hora en la que los cipreses que crecían en el camino principal todavía despedían un olor fresco y los enormes postigones de madera proyectaban su sombra sobre aquella pequeña huerta. Llevaban otras flores de estación en las bolsas y siempre claveles y clavelinas que duraban más, que no se dejaban vencer tan fácilmente, tan dócilmente por el calor. Y las hojas de helecho serrucho que también aguantaban.

Sobre todo, una flor le causaba fascinación y espanto. Un sentimiento romántico, oscuro, que un nene de siete u ocho años no podía explicarse. Su abuela la llamaba flor del Himalaya.

-Florece cada 400 años, mi amor – le dijo tomándola de la mano− Y recordá que la flor que nace en la adversidad es la más rara y hermosa de todas.

Floreció. Como dijo su abuela. Su hada madrina y la que hizo que sus pétalos se abran. Una o dos veces, en su adolescencia, estuvo a punto de sentir algo de simpatía por aquellos vestidos floreados de su mamá. Pero las verdaderas pasiones son egoístas. “En un mundo de gusanos capitalistas, hay que tener coraje para ser mariposa”, dijo su amada Lohana Berkins.  

Su abuela ya no está, pero la flor sigue en aquel cantero. Más linda que nunca.

*Esta historia fue realizada en el marco del taller de periodismo narrativo de Escritura Crónica

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